Impunidad vergonzosa

Impunidad vergonzosa

Enero 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Un mes antes de cumplirse el décimo aniversario del asesinato de monseñor Isaías Duarte Cancino, un juez de la República decide condenar a ‘Timochenko’ y varios de sus compinches de las Farc como autores intelectuales de ese magnicidio. Se pregunta uno si esa condena y sus circunstancias son producto de un proceso bien estructurado que le devuelve la confianza en la Justicia colombiana. Por supuesto, la sentencia conseguirá aliados inmediatos en quienes como yo rechazamos a las Farc y encontramos en sus cabecillas la causa de muchas de las atrocidades que se han cometido en los últimos cincuenta años contra personas humildes o personajes de la talla de monseñor Duarte. Pero uno tiene que preguntarse qué razón indujo al juez a sindicar al tal ‘Timochenko’ del hecho, cuando los que mandaban en esas épocas eran ‘Tirofijo’ y ‘Raúl Reyes’, y por estos lares se sabía del tenebroso ‘Pablo Catatumbo’ pero nadie mencionaba al hoy condenado. Entonces uno se tiene que acordar que Monseñor cumplió aquí el papel del líder de la sociedad que, golpeada por los secuestros masivos del ELN en la iglesia La María y el Kilómetro 18, no encontraba alguien que la orientara en su peor momento. Fue cuando Isaías apareció con su voz firme, su proverbial humildad y su autoridad moral para rechazar el terror y clamar por la devolución de las víctimas. Fue él quien nos dio la lección que necesitábamos, al pronunciar su frase “los queremos vivos, libres y en paz”. Pero igual debe recordar que el prelado denunció con valor enorme la interferencia del narcotráfico en la política vallecaucana. Eso le costó un regaño del entonces presidente Andrés Pastrana, quien le pidió que denunciara a los narcos con nombre propio, mientras estos disfrutaban de la pelea y, según se decía entonces en la calle, preparaban el atentado contra quien se atrevía a desafiar su entonces intocable poder. Y en esa época, Monseñor cumplía un papel importante en la posibilidad de desarmar los paramilitares comandados por Carlos Castaño. Se supo que Isaías hizo posible una reunión en su casa del barrio Santa Mónica entre Horacio Serpa, entonces candidato favorito a la presidencia de la Republica y el jefe de las AUC. Todo eso lo podía hacer monseñor Duarte porque tenía las manos limpias y su mensaje era transparente: paz, respeto por la dignidad humana y cero mentiras.También se conocieron los esfuerzos de las Farc y sus tradicionales aliados de acusar al prelado de ser parte de esa organización. Era el momento en el cual el Arzobispo santandereano había transformado la Iglesia Católica en Cali, llevándola a donde no llegaba, ayudando a quien nunca recibía el apoyo y promoviendo la educación para acabar las desigualdades sin nombre que le tocó presenciar en su permanente viaje a los tugurios de Aguablanca y a las calles oscuras de El Calvario en el centro de la ciudad.Entonces uno tiene que preguntarse por qué un juez dice que el autor intelectual del asesinato fue el tal ‘Timochenko’ que vivía a miles de kilómetros de aquí. Es cuando empieza a sospechar que esa es la forma de impedir que la prescripción termine el proceso. Con lo cual, la Justicia colombiana ratificaría su fracaso en investigar los crímenes que conmocionan a Colombia y lleva a que asesinatos de seres humanos invaluables como Isaías Duarte Cancino se hundan en la más absoluta impunidad, para vergüenza de una Nación que se precia de ser católica y libre.

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