Humor negro

Humor negro

Abril 30, 2017 - 07:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Se sabe que el sistema electoral es la puerta por donde se cuelan toda clase de vicios y corruptelas en el manejo del Estado y de los bienes públicos. Y se sabe que ese sistema electoral es imposible de cambiar, porque quienes tienen pueden hacerlo no están interesados en perder su negocio.

Durante muchos años, o mejor siglos, las reglas de juego del mecanismo para elegir a quienes tendrán el poder de dirigir el Estado han sido la piedra de escándalo de la democracia. Desde la lapidaria frase “el que escruta elige” expresada en 1870 por Ramón Gómez, gamonal de Cundinamarca, hasta la propuesta de la comisión de notables que ahora pretende montar un cuarto poder, poco ha cambiado.

El sistema electoral es un asunto político manejado por políticos profesionales que cada cierto tiempo son elegidos para renovar la representación popular. La historia indica que ese mecanismo no suscita la participación ciudadana y sólo ha servido para perfeccionar el dominio de una clase política que no tiene responsabilidades más que consigo mismo: no le responde al ciudadano que lo elije, ni al partido que lo postula, ni casi a la justicia.

Su profesión es controlar el poder en la presidencia, el congreso, las asambleas, las gobernaciones, las alcaldías, los concejos municipales. Es elegir a los magistrados de las cortes, los fiscales, procuradores, contralores nacionales, departamentales o municipales. Es repartirse los más de ochocientos mil puestos que tiene la administración pública y los millones de contratos de prestación de servicios con los cuales le hacen trampa a cualquier carrera administrativa.

Y claro, influir en la contratación de billones de pesos, con los cual financian las campañas y se enriquecen muchos de ellos. Por ahí se cuelan los Odebrecht, los gerentes de campaña, los contratistas y las concesiones que apoyan presidentes, gobernadores o alcaldes. Ellos y ellas no están obligados a rendir cuentas ni tienen temores distintos a las ambiciones políticas de los jueces, a quienes prefieren no tocar, por lo cual, tampoco están interesados en reformar la justicia para terminar con una de las más importantes causas de la violencia en Colombia.

Ahora se presenta una reforma elaborada por académicos y personajes de la izquierda, originada en los acuerdos con las Farc. Es el otro extremo: quiere hacer tabla rasa del sistema, crear una nueva jurisdicción, abolir lo existente a pesar de que algunas cosas las hace bien y entregarle todo el poder a siete personas. En resumen, quiere refundar la política y la democracia, muy al estilo del chavismo que maneja el poder electoral mediante una señora llamada Tibisay (!).

Y aprovechando que puede hacer el proselitismo y el populismo que a bien tenga porque nadie le pide cuentas, el Ministro del Interior afirma que esa maniobra se hará con el fast track. Por supuesto, como buen manzanillo y discípulo del nefasto Ernesto Samper, se ríe en la sombra como el espiritu burlón citado en el poema ‘La musa del arroyo’ de Emilio Carrere.

El ministro sabe que eso será imposible de sacar adelante porque sus compadres de la política no lo harán posible. Pero continúa el sainete del gobierno proponiendo reformas fracasadas de antemano, para tratar de mostrar un espíritu amplio y generoso.

Por eso, hablar de reforma electoral en Colombia es un asunto de humor negro. Un imposible absoluto, porque toca el origen del poder.

Sigue en Twitter @LuguireG

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