Historia sin fin

Historia sin fin

Julio 17, 2011 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

El asesinato del diputado y aspirante a la alcaldía de Yumbo no es un hecho aislado. Es, ante todo, la demostración palpable de cómo la política en el Valle ha sido intervenida por la mezcla de mafia, corrupción y miedo que impide la expresión clara de la voluntad democrática y secuestra las administraciones locales.Y tampoco puede decirse que esa situación es nueva. Desde hace muchos años, las alcaldías y los cargos de representación popular son vitales para legitimar nombres y fortunas. De ahí que en municipios como Jamundí o Tuluá, por poner ejemplos, una campaña para alcalde pueda superar los tres mil millones de pesos y una para concejo los mil millones. Mucho menos cuestan las de diputado, cuya definición es producto del reparto que realizan cada cuatro años las organizaciones reconocidas por su maestría para manipular el poder local y regional.Por eso han desaparecido en la práctica los partidos y los líderes reconocidos por su vocación de servicio deben pasar trabajos increíbles para mantener su vigencia. Así fue como desapareció la tradicional importancia del Partido Liberal en Buenaventura, Palmira o Tuluá. Y así desapareció el “sólido norte”, calificativo preciso con el cual Humberto González Narváez describió la mayoría conservadora en los municipios de la cordillera occidental. Es que desde los años 90 llegó la “nueva política”, donde lo que vale es la mezcla de dinero y amenaza. Es la que se disfraza de pueblo y le pone racismo al cuento, con lo cual despierta simpatías. Pero también usa todas las artimañas, incluido el trasteo de votos y el fraude descarado para acomodar las cifras a su amaño. Es la política sin principios, sin escrúpulos y sin barreras, porque el Estado se desentiende del problema, en tanto el poder local es negociado al mejor postor.Y es la política a la cual no le interesa prestar un servicio público sino apoderarse de las oficinas de registro, de las notarías, de la salud, de la educación, para legitimar riquezas de los patrocinadores o para entrar a saco en los presupuestos oficiales. Es ese saqueo soterrado y constante que no parece de interés para el centralismo, pero golpea todos los días y todas las horas a los ciudadanos del común. Y es capaz de matar cuando se siente amenazado. O lo que es más tenebroso, cuando quiere silenciar a cualquiera que disienta de sus hegemonías. Por eso, el asesinato de Fernando Vargas no puede calificarse como un hecho aislado. El Valle está lleno de esas historias que han cambiado en forma dramática la política regional de las últimas décadas, alejando a los vallecaucanos y llevando su administración pública a niveles asombrosos de corrupción y de ineptitud. Son historias en las cuales pareciera obligatorio agachar la cabeza para poder sobrevivir. Y frente a ello, los gobiernos y los dirigentes nacionales han preferido respaldar a los detentadores del poder mal obtenido en vez de enfrentarlos, en un ejercicio de la Realpolitik que echó por la borda los principios, la ética y la responsabilidad moral. Por eso parece irónico que desde Bogotá se emitan declaraciones de condena mientras la muerte de Rafael Uribe y Jairo Romero, asesinados cuando también aspiraban a la alcaldía de Yumbo como el diputado Vargas, continúa en la impunidad eterna.

VER COMENTARIOS
Columnistas