“¡Familia!”

Abril 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

El pasado Jueves Santo, la parca hizo recogida de personajes importantes como el gran Gabriel García Márquez que con su pluma se inventó el mundo de Macondo donde el Caribe es el protagonista. Pero yo quiero hablar de otro grande que con su voz y su sencillez hizo más grande a ese Caribe que sorprende a diario y enamora a todo el que se le acerque.Me refiero a Cheo Feliciano, el hijo de Ponce, Puerto Rico, cuna de grandes músicos y soneros como don Kike y Papo Luca, o El Conde Pete Rodríguez. El que debió emigrar a Nueva York, acosado por la pobreza como muchos de sus compatriotas y se forjó la vida con lo que aprendió en la escuela de música de su pueblo. El que con el paso del tiempo logró su espacio con canciones inolvidables que se metieron en el alma de la gente, de la suya y la de los gringos con el sonsonete que se inventó Joe Cuba en los años 50.Y luego está el Cheo intérprete de uno de los grandes juglares de su Puerto Rico, don Tite Curet Alonso, inmigrante como él a Nueva York y por las mismas razones. Semejante llave sólo podía producir fenómenos como “Anacaona, areito de Anacaona”, historia que se convirtió en símbolo de libertad para la colonia latina que se agolpaba en el Bronx. Y para la salsa, naciente y crujiente que se cocinó durante 40 años allí y empezó a pedir pista en los 60. Con ella, el Caribe sensual se fundió para siempre con los sonidos del jazz. Atrás habían quedado los éxitos con Joe Cuba y el vibráfono, con los cuales la sensual y profunda voz de Cheo adquirió renombre con temas como El Ratón, o El Pito (Oye, ¿y ese pito?). Adelante estarán su grito de “familia” con el cual llamó a todos los salseros que en el mundo son y las orquestas de salsa, encabezadas por la Fania, donde sus interpretaciones hacen historia. Es su voz de terciopelo que contrasta con el brillo de los metales y el embrujo de la percusión para elevarlo a la categoría de leyenda, con temas de Tite como “las caras lindas de mi gente negra” o “los entierros”, interpretadas antes por el gran Ismael Rivera.Y estaba el Cheo bolerista que fascinó convirtiéndose en invitado obligado a cualquier romance. El de Amada Mía, de Una en un Millón, el de las cientos de canciones que atravesaron el corazón de América. “Quédate este bolero/ que te llegue a donde no te alcance/ súfrelo como si fuera nuevo y cántalo a pedazos. Y báilalo, si el despecho y el genio te dejaran bailarlo” dice en su disco “Los Feelings de Cheo”. Es “Quédate este bolero”, la composición del cubano Amaury Pérez que apenas aparece con el genérico “derechos reservados de autor”. ¿Se acuerda, don Gary Domínguez?Setenta y ocho años tenía Cheo, y seguía siendo símbolo viviente de la música que nació en su Puerto Rico, en Cuba, en República Dominicana, en ese mar de García Márquez, de Carpentier y de tantos otros. Esa música que en forma de bolero es símbolo de la América Latina, y a través de la salsa se transformó en la manifestación más importante de lo que se puede lograr cuando se produce el milagro de la fusión cultural. El pasado jueves vinieron por él. Hoy preferí hablar del Cheo Feliciano que hizo felices a muchos, como reconocimiento a su valor dentro de la cultura popular. Y dedicarle la canción compuesta, cómo no, por Tite Curet: “En los entierros de mi pobre gente pobre/ las flores son de papel/ las lágrimas son de verdad”. “¡Familia!”.

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