En la trampa

Junio 28, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Cínicos es el de moda. Con ese calificativo, el Gobierno, los negociadores y quienes son defensores de buena fe de la negociación que se lleva a cabo en La Habana, tratan de definir el porqué del estado de la agonía en que parece entrar la que hasta ahora ha sido su gran apuesta política.Y es que ya no caben más calificatvos para definir la actitud de un grupo al cual se le han ofrecido todas las oportunidades posibles para lograr su desmovilización. No ha existido en la historia de Colombia un momento en el cual se haya presentado una movilización tan seria para hablar de paz, de reconciliación, de revisar las conductas que generan la violencia, como el que hemos vivido en los últimos cuatro años.Sin embargo, la respuesta sigue siendo la misma. Igual pasó en el Caguán, cuando un Gobierno entre ingenuo y presionado por el lamentable estado en que encontró a la Fuera Pública dispuso realizar una negociación de la manera más improvisada y generosa posible. La diferencia está en que ahora esa Fuerza Pública vive otro momento y tiene otra moral. Y que la sociedad ha realizado un debate, en muchos casos sincero, para entender lo que ha ocurrido y empezar a cambiar lo que pueda.Y no más, porque del otro nada ha cambiado. Las Farc, o por lo menos sus cabecillas, usan la misma estrategia de siempre: igualarse al Estado legítimo y mentir. Hablar de paz mientras continúan delinquiendo, explotando el próspero negocio que heredaron de los carteles de las drogas, sus antiguos socios. Y presionar con el ataque artero a ese pueblo del cual se declaran ejército, para lograr que se les reconozca lo imposible.Que empieza por otorgarles una vocería política que no tienen porque sólo se representan a ellos mismos. Quizás porque la sociedad quiere reconocer sus errores para terminar la violencia, los cabecillas de las Farc piensan que pueden declararse voceros legítimos de los millones de colombianos golpeados por la inequidad y la injusticia de doscientos años. Y pueden reclamar impunidad total para su bárbara historia de terror, de inhumanidad, y de simple delincuencia común.Por esa actitud, la negociación ha entrado en un estado moribundo. Que el presidente Santos haya anunciado el pasado viernes por la mañana un posible acuerdo sobre las víctimas luego de un año sin avances, para luego, en la tarde y en una visita a Tumaco declarar a las Farc cínicas por su insistencia en causar daño a los colombianos sin importar su condición, significa que se le está agotando la paciencia.Es claro que quienes conocen al Mandatario dicen que él puede dar vuelta en cualquier momento. Pero los colombianos, quienes deberán votar los acuerdos, no lo harán. Y seguirán exigiendo la sensatez, la verdad y la justicia que se requieren para ofrecer la paz con generosidad que se le está brindando a la guerrilla.A cambio, las Farc seguirán diciendo las mentiras que dicen los grupos criminales, es decir, los carteles de la droga. Armando planes pistola o volando torres de energía y oleoductos, falsas demostraciones de poder que les permiten disfrazar su negocio del narcotráfico, el que tiene su epicentro en el sur del país y la costa Pacífica. Hasta que rompan el proceso de paz porque dejaron sin argumentos a Humberto de la Calle, a Sergio Jaramillo, al presidente Santos y a todos quienes, de buena fe, han caído en la trampa que de nuevo tendió las Farc.

VER COMENTARIOS
Columnistas