El tren de la avaricia

El tren de la avaricia

Febrero 27, 2011 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Entre las cosas que el Gobierno promueve, la minería ocupa lugar de preferencia. Pero ninguno de sus funcionarios explica cuál es el costo que Colombia deberá pagar por la avaricia que enceguese e impide tener un Ministerio de Medio Ambiente capaz de defender el patrimonio ecológico de la depredación.Durante la semana que pasó, Mauricio Gómez presentó cuatro informes en CM& sobre lo que le está ocurriendo al departamento del Cesar con el carbón. Según esos informes, la cuna del vallenato, donde se sembraban 126.000 hectáreas de algodón que ofrecían 40.000 empleos y donde florecía una de las culturas más extraordinarias de la Nación, se está muriendo. Ahora, 80.000 hectáreas se dedican a las minas a cielo abierto explotadas por las siete compañías mineras más importantes del mundo. Allá se está produciendo un desastre causado por la voracidad de esas compañías y la descarada complicidad del Estado. Desde la ruina en que quedó la bahía del Rodadero en Santa Marta, donde el agua es negra por el hollín y los peces mueren asfixiados, hasta los terremotos que producen en Bosconia los 120 vagones que pasan cada 15 minutos, destruyendo casas humildes con su vibración. Es el tren que riega el polvillo infernal y produce que el 70% de los niños que llegan a los hospitales del Cesar deban ser atendidos por graves enfermedades respiratorias.Y nadie responde, porque el Ministerio del Medio Ambiente fue desmantelado. Hoy lo maneja una señora que fue gerente de la frustrada campaña de Andrés Felipe Arias, a quien no debe interesarle un asunto tan molesto para la “confianza inversionista”. Mientras tanto, el azufre, el fósforo y el plomo acaban con la pureza del aire y de los ríos en el Cesar, y las grasas y demás basuras envenenan su tierra. Y los tajos que producen las detonaciones para sacar el carbón cortan los acuíferos, destruyendo el equilibrio de suelos otrora fecundos.Pero las voraces multinacionales siguen desviando los ríos y dejando cráteres inmensos donde no se producirá nada dentro de unos años porque el nivel freático bajará a los 140 metros. Y la ciénaga de Zapatoza, que con 80.000 hectáreas es el complejo de lagunas más importante de Latinoamérica, es cubierto por una espesa nata de sólidos que llegan por el aire y de basura contaminante que llega por los ríos. Es decir, el desierto fabricado por la avaricia y la complicidad estatal. Lo peor: según la ley, las concesiones del Cesar debieron producirle al país $6,5 billones. Pero los “incentivos tributarios” le restaron $3,5 billones que van a los bolsillos de las multinacionales, en tanto el Gobierno Nacional entrega migajas a los municipios, que se las roba la corrupción. Y el Estado se hace el de las gafas ante la tragedia que se está incubando, otorgando en el 2009 7.000 títulos de explotación minera en 8,5 millones de hectáreas, 1.000 zonas de reserva forestal, 14 parques naturales y el 7% de los páramos que producen el agua para 44 millones de personas. Los informes de Mauricio Gómez son estremecedores. La historia del carbón en el Cesar desnuda el tren de la avaricia, y sólo difiere de la destrucción del río Dagua en Zaragoza en que ésta es ilegal y la otra es bendecida por la ambición que acaba el medio ambiente y califica como enemigo de la prosperidad a quien se oponga a la depredación que disfrazan de progreso. Lo demás es idéntico.

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