El tal paro

El tal paro

Septiembre 01, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Cuando se esperaba que el paro sirviera para solucionar algunos de los problemas que padecen los pequeños y medianos agricultores colombianos, la violencia desnudó las intenciones de muchos de quienes se proclaman sus defensores. Y mostró también cómo serán las cosas si el acuerdo con las Farc permite que se mezclen las armas con la política. El país enfrentó un paro que, se sabía, era mucho más que una protesta social. Un movimiento que se transformó en desafío abierto de los expertos en crear el conflicto por que el gobierno actuó con displicencia, desconoció sus causas e ignoró la capacidad de perturbación de las Farc, de sus milicias y de sus satélites para intimidar a los campesinos y producir el caos en las ciudades. Por supuesto que esos factores estuvieron en el centro de la “tormenta” de la cuál habló el presidente Santos, tratando de disculpar sus desafortunadas frases anteriores. Pero no fue todo. Es que desaparecieron los gremios que supuestamente son conformados para defender a los agricultores, aunque ahora aparezcan de forma atropellada y en manada a respaldar al gobierno. Es que partidos como el conservador, cuya esencia estuvo siempre en los campesinos y la defensa de sus intereses, han desaparecido, concentrados como están en disputarse las migajas del poder que les dan para garantizarles su fidelidad y su silencio. Y nadie creyó que el paro pudiera llegar a algo serio. Sin embargo, hoy ese paro anunciado hace más de dos meses es una amenaza al establecimiento. El Gobierno debió echar marcha atrás a la arrogancia de ministros que desconocen lo que ocurre en la provincia y ofrecer billones de pesos con los cuales pagar las promesas incumplidas por años o medidas para tratar de controlar la competencia desleal que arruina y desmoraliza a los campesinos que nunca escucharon. Es decir, lo que debió hacer antes. Pero la negociación se volvió más difícil cada día, porque detrás de los campesinos, de los paperos y lecheros de Boyacá y Nariño o de los cafeteros de Sevilla, Caicedonia y Tuluá, están los milicianos y los fusiles de las Farc, que llegan a sus fincas a amenazarlos para obligarlos a salir. Y los convierten en mascarón de proa que asegura el respaldo y la simpatía por la causa, mientras en la retaguardia preparan el desorden y los desmanes que dan paso al saqueo en las ciudades. Eso reventó en Bogotá, el objetivo de los explotadores del paro. Aprovechando que la impaciencia y la indignación nacional eran inocultables, trataron de tomarse a la capital con vandalismo y pillaje que nada tienen que ver con los campesinos. Esos son los métodos de las Farc y sus movimientos satélites para amedrentar a la sociedad. A ellos, que no les interesa el campesino, ahora lo usan para asaltar el centro del poder y desafiar a un Gobierno que se quedó solo porque los partidos están dedicados a las elecciones, los gremios al silencio mudo y las llamadas fuerzas vivas se paralizan, a la espera de una señal desesperada. Y mientras el caramelo de la bonanza económica se desvanece, el Presidente saca el Ejército a la calle. Entonces reúne a los gremios en forma apresurada para que apoyen “la institucionalidad” y proclamen el “gran pacto para el sector agropecuario y el desarrollo rural”, recurso para contener lo que hubiera podido evitarse si los ministros bogotanos escucharan como debe ser a la provincia colombiana. Ojalá no sea tarde de nuevo.

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