El nuevo enemigo

El nuevo enemigo

Noviembre 06, 2016 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

El azúcar es veneno pero puede generar más ingresos, luego que produzca plata aunque envenene. Y la solución no es educar para cambiar la dieta, sino meter la mano en el bolsillo de los más pobres. No es fácil entender la argumentación del Ministro de Salud para explicar la creación de un impuesto a las bebidas azucaradas. Decir que ellas son causantes del 12% de muertes y de no se sabe qué proporción de los casos de diabetes, es acusar de asesinato a toda la cadena, desde los productores hasta los tenderos que las venden. Así, en vez de cambiar la política de salud se acusa a quienes producen y venden una de las bases de la dieta alimentaria de millones de colombianos. El fondo del asunto es el espíritu alcabalero de quienes se inventan cualquier cosa para mantener el gasto público. Al decir que el azúcar y las gaseosas son veneno y por tanto hay que ponerle impuestos, lo que hacen es igualarlas con el alcohol y el tabaco. Peor aún, es afirmar sin pruebas que es una de las sustancias que más muertes y enfermedades producen en el país, más incluso que el narcotráfico, que la cocaína, que la heroína. En ese silogismo aterrador, la solución no son las campañas educativas para modificar la dieta de los colombianos, como debería hacerlo una institución cuya misión es promover las buenas prácticas en salud pública. En este caso, es la justificación de una nueva fuente para conjurar la quiebra del servicio de salud causada por la mala gestión del Estado.Y como en el plebiscito, cuando el presidente Santos nos dijo que si ganaba el No las Farc reavivarían el terrorismo urbano, la estrategia es demonizar al azúcar y una parte de sus derivados. Sí, sólo una parte, porque el ministro antioqueño no habla de los chocolates y tanta comida chatarra que produce una poderosa e influyente industria antioqueña, promotora de la sanción a los ingenios vallecaucanos. En este caso, como en el de todos los impuestos indirectos, el gravamen no será pagado por los productores sino por los consumidores. Y al Ministerio de Salud ya no le interesará reducir el consumo sino aumentarlo para recibir más ingresos. Es la doble moral de un Estado que produce e incentiva el consumo de aguardiente dizque para financiar la salud y la educación. El fondo es la voracidad de un Estado alcabalero que con la ley 100 de 1993 prometió salud para todos y ahora no sabe cómo resolver la quiebra producida por la corrupción y la mala administración. Y la solución no es corregir el sistema sino meterle la mano al bolsillo de quienes en muchas ocasiones sólo pueden tener un almuerzo colombo francés, es decir, gaseosa y pan. De paso, el discurso del Gobierno y sus funcionarios no parece tener tregua contra la agroindustria que es la columna vertebral de la economía lícita en todo el suroccidente. Como si fuera delito tener tierra, sembrar caña y obtener utilidades. Como si las decisiones de los últimos cincuenta años para promover la industria que genera más empleo en el campo colombiano fueran la causa del desastre en la salud, o de la carestía en los combustibles. Y como si las gaseosas como alimento fuera una estrategia premeditada para envenenar al pueblo colombiano, por lo cual hay que ponerle impuestos. Eso es lo que da a entender el Ministro de la Salud. Ese es el nuevo enemigo y será el gran generador de ingresos para poder gastar más en un sistema de salud destrozado por la corrupción y la ineficiencia. Sigue en Twitter @LuguireG

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