El mal vecino

Febrero 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Quince años han pasado desde el momento en que el chavismo se tomó a Venezuela. A partir de entonces, las relaciones de vecindad con nosotros se convirtieron en un drama que crece a diario sin que parezca existir una solución para millones de colombianos al otro lado de la frontera.Las relaciones nunca han sido fáciles. Antes del chavismo, la riqueza petrolera de Venezuela sumada a la violencia y la pobreza del campo en Colombia ocasionaron un éxodo de nacionales equivalente al que se ha producido en Bogotá o Cali. Y cada que las cosa se les ponían difíciles, los gobiernos de entonces usaban el diferendo limítrofe para despertar el fervor nacionalista (“¡Gloria al bravo pueblo que el yugo venció!), compraban armamentos para mantener contentos a sus generales y maltrataban a los colombianos, indocumentados en su gran mayoría.Cuando llegó Chávez el asunto dio un giro. Él entendió que los millones de compatriotas que atravesaron la extensa frontera para conseguir trabajo, y que ayudaron a desarrollar el campo y las ciudades venezolanas, eran un potencial político enorme. Entonces les entregó la ciudadanía con el discurso de hacer justicia social. La verdad era otra: ellos fueron usados como avanzada para montar el chavismo y cambiar el destino de las elecciones. Y a la par empezó en delirio napoleónico del caudillo. Aprovechando la debilidad del Gobierno Nacional que se obsesionaba con el proceso del Caguán, el coronel Hugo Rafael convirtió a su país en refugio oficial de la guerrilla que lo convirtió en su sede. Allí llevaron secuestrados, extorsionaron a los mismos venezolanos y convirtieron a su país en centro vacacional y salida del narcotráfico hacia Europa y los Estados Unidos. Todo era justificado con el discurso bolivariano de la Gran Colombia, el mascarón de proa que usaba el cada vez más dictatorial coronel para justificar su interferencia en Colombia mientras se mostraba como facilitador del diálogo o como salvador de los secuestrados. Fueron las épocas en las cuales las Farc le entregaba sus víctimas a doña Piedad Córdoba, y ésta recibía el trato preferencial del chafarote que montó la última dictadura en América. Pero las cosas cambiaron y la situación interna de Venezuela desbarató los planes de Chávez. Y muerto el jefe, los colombianos en ese país dejaron de ser del interés del régimen. Ahora son perseguidos, expulsados, maltratados y señalados como delincuentes. Los puestos fronterizos se llenan de deportados que pese a todo tratan de regresar a Venezuela, y las ciudades y pueblos en la frontera sienten la pobreza y el caos que genera el derrumbe sistemático del chavismo.Ahora, las cédulas que les regaló Chávez se las rompen en la cara y son excluidos de las enormes colas que se forman en supermercados y proveedurías para conseguir alimentos. Es una exclusión inmoral e inhumana porque son condenados al hambre mientras la guerrilla sigue cómoda, segura y disfrutando del abrigo que les ofrecen Maduro, el capitán Diosdado Cabello, su ejército de paramilitares y narcos, y unas Fuerzas Armadas corrompidas por la ambición. Ese es el drama que viven millones de colombianos que fueron a Venezuela a trabajar y ahora son tratados como enemigos. Muchos de ellos fueron reconocidos como venezolanos y ahora son perseguidos. Es el resultado de creer en un mal vecino, la dictadura que destruye a Venezuela.

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