El maestro de la luz

Febrero 10, 2017 - 03:46 p.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Hablar de Ómar Rayo es hablar de un buen vallecaucano. Es descubrir la fuerza de su personalidad única y a un hombre exitoso que puso al servicio de su tierra el reconocimiento que le otorgó el arte en el mundo.1972. El entonces presidente Misael Pastrana Borrero le otorgó la Cruz de Boyacá a Rayo por su trayectoria como artista. Cuando le comunicaron la noticia, el maestro le pidió una audiencia al Mandatario, tomó un avión y llegó al Palacio de San Carlos, sede de la Presidencia en esa época. Y le dijo a Pastrana, palabras más, palabras menos: “señor Presidente, yo le agradezco la condecoración. Pero debo decirle que mi pueblo, Roldanillo, está a punto de quedar aislado porque el puente sobre el Cauca que lo comunica con Zarzal, está a punto de colapsar. Le propongo cambiar esa condecoración por un puente nuevo”. Y logró el puente.1976. Rayo forma parte de la crema del arte en París o Nueva York. No necesita venir aquí, donde muchos lo aborrecen. Pero se empeña en montar un museo en Roldanillo, donde además pasaría la mitad de su vida. Se dedicó a estremecer la burocracia nacional y departamental para que aportaran a la construcción de su propósito y no faltó quien lo tildara de loco al proponer que en ese pueblo, otrora protagonista de hechos de violencia, se construyera un museo. Y que allí se hablara de intaglios, de grabados o de la poesía de las mujeres, feliz iniciativa de Águeda Pizarro. Y con su personalidad altiva, a veces arrogante, logró erigir el Museo. Con su verbo poderoso embarcó gobernadores, ministros y presidentes en el insólito proyecto. Incluso juntó a Alfonso López Michelsen y Ómar Torrijos en su pueblo y trajo grandes exponentes del arte a Colombia. Pero no los dejó ni en Bogotá ni en Cali: los llevó a Roldanillo, a realizar talleres de grabado, de pintura, de cuanta cosa. Testimonios de esas visitas quedaron en una casa de citas cuya propietaria, ya retirada, posee una completa colección de arte latinoamericano.En esas épocas levantó su casa en Roldanillo. En el patio había un árbol de mango que rondaban los murciélagos. Rayo decía que cuando Águeda llegaba los murciélagos se iban, debido quizá a sus ancestros gitanos. Él aprovechaba entonces para cosechar los mangos, evitando que los dañaran. Un día descubrió que si cocinaba las alas del bicho podía conseguir la mejor tinta para sus dibujos. Quizá todo ello fue producto de su imaginación fecunda y su humor inteligente. Pero según él, nunca más tocó los mangos y nunca le faltaron murciélagos. 1997. Los productores de Telepacífico realizaban un documental sobre Rayo, por lo cual los acompañé a Roldanillo. Además de la historia de la casa, allí le escuché la razón que le hacía regresar a su pueblo, donde Águeda enseñó a las mujeres a perpetrar poesía y el maestro promovió un museo al aire libre, sucesión de vallas en la carretera de entrada, en medio de samanes. Y más o menos me dijo: “En ninguna parte del mundo encuentro la luz tan perpendicular, tan clara, como aquí. Eso es parte de mi vida”. 2010. El maestro de la luz muere, y muchos damos testimonio de su paso por este mundo. Debo decir que además del homenaje que se merece como artista, hay que hacerle uno permanente a un gran vallecaucano. Por eso, el Museo Rayo debe perdurar.

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