El laboratorio

Junio 30, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Quince días de zozobra, cinco muertos, más de sesenta heridos y la certeza de que la solución es casi que imposible porque no hay un diálogo constructivo, es el resultado del laboratorio experimental con el que las Farc le están midiendo el aceite al Gobierno en el Catatumbo. ¿Cómo podrá superarse la trampa?La protesta ha destapado de nuevo la tragedia que se vive en muchas regiones de Colombia debido a la ausencia del Estado: un campesinado que trata de construir su vida con la tierra rica pero sin vías de comunicación adecuadas, sin educación, y sin autoridades con la suficiente capacidad para poner orden y garantizar la vida. Y la guerrilla que durante años ha ejercido el papel del gobierno, aprovechando la ausencia del Estado o su precaria presencia.El resultado es la mezcla de una protesta legítima que debe ser escuchada porque representa la voz de miles de personas viviendo condiciones difíciles, y una guerrilla que aprovecha el caos y pretende demostrar con hechos su representatividad como vocero político de esos campesinos. A nadie puede escapársele que el Catatumbo es el dominio de ‘Timochenko’, el jefe máximo de las Farc.Entonces aparecen las exigencias: que no se erradiquen los cultivos de coca y marihuana; que se negocie en la mesa la política de explotación minera y petrolera; que se respeten los derechos humanos; y, claro está, que se establezca una zona de reserva campesina de aquella que ha propuesto la guerrilla en los diálogos de La Habana.Al otro lado está el Estado, que poco puede hacer porque por décadas no ha podido imponer el acatamiento de la Ley como fundamento de la convivencia. Por eso el Cataumbo ha sido presa de todas las formas posibles de violencia, guerrilla, paramilitares y narcotráfico. Y de la pobreza a pesar de la riqueza de la región.El resultado está a la vista. Con seguridad, el paro se extenderá por mucho tiempo, puesto que el pulso va mucho más allá de una respuesta como la que se les dio a los cafeteros o a los cacaoteros y a los arroceros. Es que, esta vez, los actores son otros y el paro es apenas una herramienta para demostrar con hechos lo que se ha dicho en la negociación de paz con las Farc.Es el laboratorio montado en el Catatumbo donde la guerrilla trata de demostrar que su discurso sobre la tierra es cierto y que las soluciones son las que ha propuesto. Por eso, esta vez no usa cilindros bomba y puso sus cuadros a movilizar diez mil personas. Y el Gobierno está en jaque, porque salvo la presencia de la Policía para tratar de controlar el orden, solo tiene la retórica cantinflesca de Lucho Garzón y uno que otro ministro para sentarse a dialogar con los supuestos líderes del movimiento.Difícil pensar que los diálogos lleven a un acuerdo que resuelva de un plumazo las difíciles condiciones de vida de los campesinos en el Catatumbo. Y es imposible aceptar que allá se monte el modelo de zona de reserva campesina de las Farc, donde se puede sembrar coca y por supuesto permitir su tráfico, donde se suspende el Estado de Derecho que aceptamos cuarenta y cuatro millones de colombianos y la riqueza petrolera, minera y agrícola es manipulada por la guerrilla.Pero eso es a lo que nos estamos exponiendo si continúa el centralismo absurdo y nocivo que negocia la paz desconociendo la realidad de la provincia colombiana. Es que los gobiernos locales y departamentales no existen como autoridades capaces de resolver los conflictos y las vías de hecho reemplazan la Constitución. Entonces aparece el Consejero para el Diálogo Social con perlas como ésta: “Si hubiera interlocutores más fuertes en las regiones, el gobierno no tendría que desplazarse tanto”. Vaya, vaya.

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