El destape

El destape

Septiembre 30, 2012 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Veinte años después de que los carteles de las drogas ilícitas se pasearan orondos por los estadios haciendo alarde de su riqueza mal habida, el presidente de un equipo de fútbol se le ocurre sugerir la renuncia a dos títulos de su divisa. A partir de ahí empezó una interesante polémica que debe llevar a destapar la verdad del fútbol. La sugerencia del presidente de los Millonarios sonó a muchos como descabellada. Renunciar a dos estrellas por que en el momento en que se ganaron el equipo era propiedad de uno de los más poderosos narcotraficantes, es para algunos un imposible porque quienes triunfaron fueron los jugadores y no Rodríguez Gacha. Para otros, si Millonarios renuncia a los dos títulos, el América debería hacer lo propio con no se cuántas estrellas que ganó en las épocas de Miguel Rodríguez Orejuela.La polémica ha servido para recordar los difíciles momentos que vivió Colombia cuando los mafiosos y los apostadores convirtieron al fútbol en su batalla particular, en la cual se decidía el poderío de uno u otro cartel. Con lo cual se hacían acreedores de la fidelidad de la hinchada y de su respeto al mostrarse como sus aliados. Detrás de eso se escondía también el sórdido mercado de la compra y venta de pases de jóvenes futbolistas, lucrativo negocio que se usaba para lavar dineros de las mafias. Todo fue hecho ante los ojos de las autoridades y la complacencia de los dirigentes del fútbol. Son los que hoy juzgan a Joao Havelange, uno de los grandes promotores de la corrupción, los que mangonean a su antojo la Fifa y la Confederación Suramericana de Fútbol y tuvieron palco de primera para presenciar lo que ocurría en Colombia y para intervenir en defensa del deporte. Pero no dijeron nada. Incluso, cuando supieron de las amenazas a un árbitro en Medellín que obligaron a repetir un partido de la Copa América, se hicieron los pendejos. Ahora, veinte años después, Felipe Gaitán abrió el debate. Sólo que el fútbol colombiano es un moribundo sitiado por barras bravas, donde la violencia es el primer protagonista y las víctimas se cuentan por decenas. Es la herencia de los narcos. Los que fueron los campeones cuando sus mecenas eran los carteles, arrastran deudas, incumplimientos y tristezas que dan para su desaparición. Y las ‘fichas’, licencias que otorga la Dimayor y avalan la Fifa y sus compinches, son patentes de corzo intocables que se usan para explotar a los jugadores, para no pagarles o para venderlos a cualquier precio. Por fortuna, los futbolistas que lograron zafarse de la coyunda andan por el mundo demostrando su calidad. Basta recordar lo que han sido los últimos años del América para reconocer que el fútbol colombiano, con muy pocas excepciones, es un enfermo terminal porque a casi toda su dirigencia se le olvidó la ética. Y que a pesar de las declaraciones de algunos gobernantes o las leyes inocuas que no encuentran quién las haga cumplir, la desgracia sigue consumiendo a divisas que se mantienen sólo por el fervor de hinchas que aún aman a sus equipos, están dispuestos a ignorar el pasado y a soportar un presente oscuro e incierto. Es posible que se hayan acabado los narcotraficantes en el fútbol. Pero nos dejaron la cultura mafiosa en el manejo de los equipos, aprovechando que a los hinchas los enceguece el amor por sus divisas.

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