El dedo en la llaga

El dedo en la llaga

Febrero 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Hace unos días, el Gobernador del Valle se declaró indignado por el trato de tercera que, según él, le está propinando el Gobierno Nacional a los mandatarios regionales y locales. Aunque en esa relación influyen razones y diferencias de índole política y partidista, detrás de todo está el centralismo que destruye la armonía del Estado y profundiza las diferencias entre los colombianos.Tiene razón el doctor Ubeimar Delgado al quejarse del trato que está recibiendo. Se nota en las visitas que realiza a cada rato el vicepresidente Germán Vargas Lleras, quien lo ignora y lo trata como convidado de piedra. Y se repite con frecuencia entre los ministros, muchos de los cuales ni se dignan invitarlo a los actos públicos en los cuales debería estar en primera fila como representante de los vallecaucanos. Es posible que en esa actitud influyan las diferencias entre el Gobierno Nacional y el Gobernador por el respaldo a la candidatura de Martha Lucía Ramírez y después a Óscar Iván Zuluaga. O porque en los ministros exista la tendencia a relegar al Mandatario Regional, argumentando sus limitaciones administrativas y académicas. Cualquiera sea la razón, esa distancia se nota.Pero detrás de ella hay más de fondo. Es el intento por eliminar las competencias de los Departamentos mediante normas y decisiones que concentran el poder en el Gobierno Nacional, todo lo contrario al discurso de la centralización política y la descentralización administrativa que repetimos durante 140 años. Es lo que pretenden ahora, al tratar de acabar el monopolio de los licores mediante el Plan Nacional de Desarrollo, sin darles nada a cambio. Lo que ocurre es casi una burla, en la medida en que los Departamentos son marchitados en su capacidad de gestión y ejecución, mientras Bogotá concentra todo el poder.Y la razón no es que en las regiones sólo queden caciques políticos. Por el contrario, es que el centralismo ha incentivado que sólo queden caciques. Desde que se estableció la elección de alcaldes y gobernadores se vio que lo que se pretendía no era profundizar la participación ciudadana, si no entregarles las administraciones a las clientelas locales sin exigir cuentas ni responsabilidades. Así se negocia el control político de las regiones a cambio de anular su capacidad de control sobre lo que hacen los gobiernos nacionales. Eso es lo que ha permitido que el ingreso a la política sea casi imposible, salvo que se pertenezca a la clientela que detenta el poder. Por eso el Valle ha tenido administraciones tan perversas como los de Abadía o la de Useche. A cambio, es difícil de encontrar una bancada en el Congreso más disciplinada que la vallecaucana alrededor de lo que ordenan los gobiernos nacionales.En ese destino, los gobiernos departamentales terminan siendo entelequias que padecen la indiferencia de los ciudadanos y se revuelcan en la frustración, la quiebra y la crisis moral. Por eso, los gobernadores deben soportar los desplantes y la arrogancia del centralismo. Eso es lo que le está ocurriendo al Valle y a los alcaldes que no gozan del favor de los gobiernos de turno. ¿Cómo cambiar ese destino? Como lo propuso el Gobernador del Valle: uniéndonos para hacer sentir la voz de la provincia; para hacer respetar su derecho a definir su futuro y que no se lo ordenen desde Bogotá. De lo contrario, el sistema político y administrativo de Colombia se derrumbará bajo el peso de un centralismo egoísta y destructor.

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