El Caguán y La Habana

Abril 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Ocho días después de la masacre de los soldados en Buenos Aires, el país parece retornar a la normalidad de las recriminaciones mutuas y del menosprecio por los gestos de rechazo. Y no parece haber la intención de entender que lo que nos pasa es la repetición de las realidades construidas en 50 años. A las Farc no puede imaginárselas en un escenario democrático, luchando por votos y sin fusiles y dejando de lado el narcotráfico, su instrumento de riqueza y dominación durante 20 años. Pregunten a los expresidentes Belisario Betancur y Andrés Pastrana.Eso es lo que explica en gran parte la masacre. Es que la vereda la Esperanza está en la salida al Naya y al Pacífico, es un mar de coca controlado por la guerrilla, tiene centenares de laboratorios de cocaína y no conoce de la permanente presencia de las autoridades legítimas. Es pues un enclave de la delincuencia, en la cual el enemigo es el Ejército.Allá llegó el destacamento que fue fusilado. No iba a hacer actos de soberanía ni a combatir una insurgencia. Estaba sí haciendo labores de combate a los narcos. Y estos reaccionaron como saben hacerlo cuando sienten amenazado su negocio. Como lo hizo Pablo Escobar cuando pagó de a millón de pesos por policía asesinado en Medellín, aquí los amos del narcotráfico impusieron su ley. Y como pasó miles de veces en el Caguán, le dieron una bofetada al Gobierno que ha creído en lo que dicen los cabecillas del horror. Quizás hasta desconocieron a sus jefes para defender sus intereses, lo que, dicho sea de paso, da una idea de lo que será el posconflicto en caso de un acuerdo en La Habana. Entonces, además de ratificar las razones por las cuales el 98% de los colombianos no las quieren, dejaron con un palmo de narices a quienes están tratando de convencernos de que las Farc han cambiado y hay que confiar en ellas.Después, la respuesta del Gobierno ha sido atónita y contradictoria: se aferra a la paloma de la paz y levanta la orden de no bombardear campamentos que nunca debió emitir. Como en el Caguán, busca a los enemigos de su proceso entre los inconformes y no en los que sí son, las Farc. Y apenas les acusa de violar una tregua unilateral que no existe porque nadie la verifica. En tanto, sigue siendo potestativo de la guerrilla calificar sus actos, reconocer sus miles de víctimas y negarse a aceptar la justicia que les ofrecen y el planeta entero reclama. Es allí cuando aparecen los inconformes. Los más, espontáneos. “La indignación actual no es un fenómeno mediático. No es una estrategia ideada por alguien para atacar el proceso, o por oposición política. (…) Es una reacción limpia, auténtica, espontánea”, dijo Humberto de la Calle, el jefe de la comisión negociadora del gobierno, refiriéndose a la reacción que un Senador oficialista calificó como “cuatro gatos”.En lo que se equivoca De la Calle es en decir que la protesta no es contra el Gobierno sino contra las Farc: es contra la mentira que se está viviendo en La Habana, puesto que, al igual que en el Caguán, la guerrilla dilata el diálogo porque no quiere la paz. Eso sería renunciar a su imperio de maldad.Los menos, quienes están interesados en sacar dividendos políticos de la paz en Bogotá, menosprecian o magnifican a su conveniencia la protesta. Y se insultan, mientras el suroccidente colombiano, el Cauca en particular, sigue ardiendo en la hoguera del narcotráfico que se tomó el territorio indígena y asesina en Corinto y Caloto, o en la Esperanza.

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