El barrismo

Julio 09, 2017 - 07:15 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Por culpa de la delincuencia que se tomó las tales barras, el fútbol colombiano puede estar dando pasos hacia su desaparición. O, por lo menos, para que la afición se aleje de los estadios que antes fueron epicentros de diversión sana y pacífica.

Lo que está sucediendo ahora no es nuevo. Es la consecuencia de años o décadas en las cuales se dejó prosperar el desorden con la disculpa de que las barras son la mejor manera de demostrar la fortaleza de un equipo y el poder de convocatoria.

Lo que se produjo detrás del amor por una camiseta o del interés por seguir un deporte, fue el aprovechamiento del espíritu gregario del ser humano. Y es usado por quienes vieron la posibilidad de vender drogas ilícitas en grupos amparados por disculpas como el ‘barrismo’, exótica palabreja que se combina con el adjetivo ‘social’ para entregar inmunidad contra el deber de mantener el orden y proteger a la sociedad.

Eso se produjo hace una década, y llevó a que se emitiera una ley, la 1270 de 2009 que crea comisiones enormes e inútiles para detener la amenaza. Y un decreto, el 1717 de 2010, que pretende reglamentar hasta el más ínfimo detalle de la asistencia a los estadios. En él se crean más comisiones inútiles y se les da representatividad y jerarquías a las barras.

El resultado es que, a partir de este año, si usted no tiene carnet de algún equipo, no puede entrar a presenciar un partido de fútbol. Es decir, si usted es una persona decente que quiere enseñarle a sus hijos por qué le gusta el Cali o el América no puede llevarlo al estadio donde usted disfrutó su amor por un equipo si no está carnetizado. Eso dice la División Mayor del Fútbol Colombiano.

Pero las barras y los ‘barristas’ sí podrán hacerlo porque para ellos habrá facilidades. Aunque esas organizaciones hayan sido tomadas por traficantes y se hayan producido muertes a causa de las guerras por el negocio. Aunque, como ocurrió en Cali hace poco, las barras se trencen en batallas campales con disparos incluidos en la Avenida Roosevelt, a la una de la tarde. Y después se tomen la cancha para darse cuchilladas, mientras en la Calle Quinta atracaban a los automóviles dizque pidiendo plata para el transporte.

Así se lavó las manos el Estado. Y como estamos en un “país de derechos”, nada puede hacerse. Ahora basta ponerse una camiseta para cometer tropelías. Quienes pagan la violencia que se tomó el fútbol son los aficionados y los equipos, así no sean de los que promueven esas barras, les dan entradas, plata, camisetas y ‘carnés’.

Todo indica entonces que los culpables de la violencia en los estadios son los ciudadanos que van a divertirse y no las barras que causan horror en las calles y en los estadios. Por eso les exigen un carnet que no necesitan.

Por su parte, las autoridades muestran su impotencia para combatir la barbarie. Para completar, el Código de Policía considera el fútbol como un espectáculo privado, que lo es, lo que la faculta para pedir que la vigilancia sea ejercida por organizaciones privadas.

Tocará promover en los niños la afición por el Real Madrid o el Barcelona. Con ello se evitará exponerlos al riesgo creado por la mezcla de la violencia con unas autoridades que no quieren enfrentarla y una Dimayor que prohíbe el ingreso a los estadios de quienes entienden el fútbol como un deporte que une y no como una disculpa para convertirse en antisocial que porta camiseta y carnet de ‘barrista’.

Sigue en Twitter @LuguireG

VER COMENTARIOS
Columnistas