El arte de la trampa

El arte de la trampa

Febrero 05, 2017 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Escándalo tras escándalo, Colombia inició una de las campañas electorales más largas, más dispendiosas y más aburridora del planeta. Pero esta vez, los brotes de corrupción que aparecen con sólo tocar la piel de la política se convierten en el peor enemigo del sistema. Es verdad sabida que la política se basa en la confianza. Es decir, en la credibilidad que un partido, una organización o un candidato le generen al elector que decide el resultado. Salvo, claro está, que ese elector esté dispuesto a vender su derecho y el candidato a comprárselo, como ocurre en todas partes del país. En ese caso desaparece la política y todo queda en manos de la plutocracia que por lo general se alimenta de la plata que se roban del tesoro público, cuando no proviene de traquetos y bandidos interesados en lavar sus fortunas mal habidas o en quedarse con el poder que necesitan para garantizar su impunidad o para mantener sus empresas. O en apoderarse de los dirigentes más influyentes para lograr que sus intereses particulares se transformen en el interés general a través de leyes que los beneficia.Pero volvamos al principio. La inmensa mayoría de la gente no espera que su voto transforme la realidad, o que la felicidad llegue con la elección de alguien. Simplemente quieren apoyar a personas normales que le generen confianza para manejar los asuntos comunes, que la escuchen, que interprete el sentido de su decisión.Pero esa gente no es ingenua. Cuando se decepciona, lo cual es más fácil de lo que cualquiera se imagina; cuando los candidatos, los gobiernos y los partidos lo engañan o lo desconocen, ese ciudadano que quiere cumplir con su deber le da la espalda a la política y aprende a vivir sin gobierno. Peor aún cuando la obligación de descubrir a los culpables se transforma en el juego del “hagámonos pasito” con el cual se amenaza al oponente para lograr el silencio cómplice. Entonces, la democracia se vuelve débil, frágil y expuesta a los peores augurios. Eso está pasando en Colombia. Casi no hay día en el cual no se destape un escándalo sobre corrupción. Escándalos en los que están involucrados contratistas, partidos, políticos, gobernantes, empresas que ofrecieron riqueza cómoda con las libranzas o en Interbolsa. Policías que ayudan a perfeccionar entuertos, funcionarios y organizaciones empeñados en desconocer la voluntad popular y decididos a paralizar la crítica, el control y la denuncia.Y entre tanto, volvemos a especular sobre la lista de aspirantes a la Presidencia, al Congreso, a las gobernaciones o alcaldías. Es como si se produjera un repentino apagón de la memoria; como si los candidatos no tuvieran que responder por sus errores; como si los desastres que ha dejado esa corrupción no fueran suficientes para exigirles responsabilidad. Así, la política se transforma en el arte de la trampa y de la mentira a ese ciudadano al cual condenan si no vota. En el cinismo de quienes no les importa aceptar las invitaciones y los aportes de los mafiosos o los contratistas a sus campaña, o insisten en robarse los recursos destinados a solucionar los problemas de la sociedad. Y en el frío cálculo de sus aspiraciones se olvidan de la ética, la base para generar confianza. Por eso, los ciudadanos se apartan, la democracia se muere y a su muerte le sigue la venganza contra quienes defraudaron esa confianza. Acuérdense de Venezuela.

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