Demagogia pura

Febrero 20, 2017 - 03:30 p.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Al parecer, la idea de pasar por encima de la Constitución no era solo el propósito de lograr el acuerdo con las Farc. Con lo que ha propuesto el Ministro del Interior, lo que se demuestra es la intención de usar la palabra paz para imponer el clientelismo que él representa y que se ha apoderado del Estado.

¿Qué relación tienen el voto a los 16 años, la financiación de las campañas, la vicepresidencia de la república o el voto obligatorio con el acuerdo firmado con las Farc en La Habana, refrendado en Cartagena, rechazado por la mayoría en el plebiscito del pasado dos de octubre y firmado de nuevo en el Teatro Colón? Nada, salvo el interés de meter otro gol, o, lo más probable, de desviar la atención y el debate sobre los escándalos que consumen la confianza en el Estado.

Digamos que el interés del ministro Cristo, quien aprendió sus artes cuando fue secretario de la campaña de Ernesto Samper, es una reforma de gran calado. La inquietud es si para ello hay que usar el fast track que autorizó la Corte Constitucional para imponer todo lo referente a los acuerdos, incluida la impunidad y el desconocimiento de la Justicia de la cual forma parte.

Todo parece indicar que así lo han interpretado Cristo y el otro escudero, Roy Barreras. Ellos se empeñan en convencer que todos esos cambios forman parte del acuerdo con las Farc. Surge entonces otra pregunta: ¿Acaso ese acuerdo implica cambiar toda la Constitución y mediante el fast track? Sí, según los defensores del paquetazo.
Ellos aprendieron y aplican la fórmula para cambiar las instituciones a su amaño. Y ahora lo harán de manera expedita, pasando por encima de los procedimientos establecidos en la Constitución para legislar. Más grave aún, usando la paz como argumento para imponer sus intenciones.

El problema es que el Estado está deslegitimado porque los ciudadanos ya no creen en instituciones que no responden a sus necesidades, no son transparentes y se la pasan de escándalo en escándalo. Por eso les dan la espalda, no les interesa, no votan, y muchos de los que lo hacen son pagados por los políticos profesionales que viven del erario.
Esa falta de legitimidad no se resuelve creando el voto obligatorio y sancionando a los que no lo hacen en vez de convencerlos como debe ser en la democracia. O dándole el derecho a mayores de 16 años mientras no se les enseñan los valores de la ética, de la moral pública y de las obligaciones que tienen con la sociedad.

Eso es demagogia pura. ¿Para qué? Y aquí viene la otra parte. En los últimos meses, no hay semana en la cual no reviente un escándalo de corrupción pública y privada. Y no hay un espectáculo más patético que la incapacidad del Gobierno y del Estado en General para evitarla o para castigarla. Por eso, el de Odebrecht ha puesto contra la pared al establecimiento y ha despertado la indignación de la gente.

Qué mejor cortina que proponer otra reforma imposible en nombre de la paz. Qué mejor oportunidad que utilizar a las Farc, otro nuevo mejor amigo, para asustar con reformas a los colombianos mediante el mecanismo del fast track. Y qué oportunidad para aprovechar a los partidos de la coalición, atemorizados y desconcertados por el destape de los entuertos.

Total, proponer esa reforma es la manera de hacer política desconociendo la Constitución y de tratar de escapar del escándalo con retórica barata.

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