¿Cuál reforma?

¿Cuál reforma?

Diciembre 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Si algo queda claro de los cuatro debates que ha transitado la llamada Reforma a la Justicia es que lo aprobado hasta ahora es cualquier cosa menos un acto que mejorará la Justicia. Y si algo puede temerse en adelante son las secuelas que dejará la pelea de los tres poderes públicos que está en desarrollo. Da tristeza ver a un jurista como Juan Carlos Esguerra defendiendo el adefesio que su colega del Ministerio del Interior pretende hacer aprobar a como dé lugar de un Congreso empeñado en cosa distinta a resolver la gran enemiga de la convivencia en Colombia. Es la falta de justicia que deslegitima al Estado e incita a los ciudadanos a cobrarse por derechas y a confundir justicia con venganza.Eso es lo que está ocurriendo. Además, quienes están encargados de ese servicio público parecen ajenos al mandato de ofrecer rápida y cumplida justicia, razón de ser de sus investiduras. Eso lo dicen las estadísticas de impunidad, los millones de procesos represados y una especie de Justicia selectiva que se desentiende de investigar y castigar comportamientos tan lesivos para el interés público como los desastres de la Gobernación del Valle y la Alcaldía de Cali. Contrario a la reflexión que deberían hacer los poderes públicos para atender el reclamo de los colombianos, lo que se ha visto es una garrotera disfrazada de un consenso que está lejos de producirse. Renuncias de la Corte Suprema y el Consejo de Estado, y una locomotora, la de la Unión Nacional, tratando de aprobar cosas como evitar que los Congresistas sean procesados y juzgados por la Corte Suprema. O en colgarle toda suerte de micos que desvirtúan lo poco serio que tiene el proyecto. El primer mico es la decisión del Gobierno de incluir el Fuero Militar, como si no fuera lo suficientemente importante como para presentar un proyecto independiente que reciba el debate público necesario para darle legitimidad. Y bandazos como proponer la eliminación del Consejo Nacional de la Judicatura para después retirarla y luego volverla a incluir. O afanes por crear una supercorte que elimine la posibilidad de que la Sala Penal juzgue fechorías como la parapolítica o la narcopolítica. Y qué decir de las rabietas de algunos magistrados porque limitan su participación en elecciones como la del Procurador, el Fiscal y los contralores o personeros departamentales y municipales. Es decir, les coartan su posibilidad de continuar el clientelismo de yo te elijo para que tú me nombres mis parientes y recomendados. A cambio les ofrecen un caramelo: ampliarles el período y la edad de jubilación, otro ejercicio vergonzoso de cambiar unas cosas por otras para seguir haciéndose pasito.Es larga la lista de cosas que no satisfacen a nadie distinto al Gobierno y al Congreso que se encuentran empeñados en el monstruo de la reforma política que por ningún lado muestra síntomas de ser útil para combatir la impunidad pero si desnuda la forma en que los tres poderes públicos tratan de alcanzar más tajadas de poder. Y que morirá en la Corte Constitucional cuando los magistrados digan que no la aprueban porque “atenta contra la estructura misma de la Constitución”. Esa imposibilidad de cambiar figuras jurídicas anquilosadas que no sirven a la Nación originó la Constituyente de 1991. Pregunta final: ¿Qué hay que hacer para lograr que la Justicia sea respetada y no manoseada por las ambiciones de poder?

VER COMENTARIOS
Columnistas