Contra la amnesia

Contra la amnesia

Noviembre 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Llenos de magnicidios y crímenes que acabaron con millones de personas del común, los colombianos acabamos de pasar una semana de conmemoraciones terribles. De celebraciones que, más que enaltecer la memoria de dirigentes ilustres, son homenajes a la impunidad, al desinterés por la verdad y a los esfuerzos por liberar a los culpables de sus responsabilidades. El lunes pasado se cumplieron 20 años del sacrificio de Álvaro Gómez Hurtado. Fue fácil asesinarlo porque andaba en su carro sin blindaje, sin escoltas, con su chofer de toda la vida y saliendo de una universidad. Pues bien, para esconder la verdad, la Fiscalía inventó y sigue inventando toda suerte de teorías, de hipótesis, de especulaciones mentirosas.Lo único cierto es que Álvaro, el intelectual y estadista que ahora empiezan a reconocer sus antiguos contradictores sectarios, fue asesinado por oponerse a lo que él definió como el régimen. “Se pretende tener a la gente comprometida por interés. La consideración del provecho individual se impone por el bien público. Los propósitos colectivos se vuelven singulares porque así es como producen beneficio”, reza la cita afortunada de un editorial escrito por la víctima y revivida en una crónica de Juan Esteban Constaín el pasado lunes.Por eso lo mataron, como lo hicieron con Gerardo Bedoya en Cali, un año y medio después. Bedoya, quien fuera codirector de El Siglo con Gómez Hurtado cuando ocurrió su secuestro, también atacó al régimen. Y al narcotráfico que era parte de ese régimen, como que financió la campaña de Ernesto Samper. “Prefiero la presión del Gobierno de los Estados Unidos a la presión de los narcos. Prefiero la influencia de los gringos sobre el Gobierno a los narcotraficantes. Prefiero la intervención gringa en nuestros asuntos internos a la de los carteles de la droga”.El 21 de marzo de 1997 le mandaron el sicario. Estaba sólo, como siempre. Desarmado como siempre. Y el régimen se inventó cinco teorías a cual más más absurda, entre las cuales no existía la posibilidad de un crimen de Estado, o mejor, del régimen. Los fiscales procuraron no encontrar la verdad y el expediente debe estar en algún anaquel, abandonado, a la espera de la prescripción. Por eso, la sociedad sigue viviendo la amenaza que Álvaro Gómez y Gerardo denunciaron.Ese mismo narcotráfico financió diez años antes el peor crimen en la historia de Colombia: el del incendio del Palacio de Justicia. De ese crimen demencial cometido el 6 de noviembre de 1985, hace 30 años, no se sabe aún cuántos colombianos y cómo murieron. No se sabe los antecedentes, quién lo ordenó, quién lo planeo. No se sabe quién ordenó las desapariciones y, por el contrario, los desaparecidos empiezan a aparecer con otros nombres en otras tumbas.Fueron dos días de horror que destruyeron la Justicia. Y produjeron el peor ejercicio de amnesia y de maniobras para desviar la investigación. De él sólo quedan dos oficiales del Ejército condenados como chivos expiatorios y en el Estado de ayer y de hoy no se habla de los que prohijaron el peor atentado terrorista cometido en la historia del mundo contra el poder Judicial.Es la injusticia de la impunidad que nos circunda, la que aceptamos cuando permitimos que la Justicia sea usada para no encontrar la verdad. Por eso no sabemos qué hacer para encontrar la paz que todos merecemos. Es que el régimen y el narcotráfico siguen vivos.

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