Apagando incendios

Apagando incendios

Marzo 17, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Arreglaron el paro cafetero con subsidios; conjuraron el de los cacaoteros y el de los arroceros, ofreciéndoles subsidios, y sentaron a los industriales y agroindustriales en el palacio de Nariño, para “escuchar” sus quejas. Pese a los billones que entregó el Gobierno, la crisis del café no tuvo solución. Por el contrario, dejó por el suelo la institucionalidad que se construyó durante 86 años y empezó a ser desmantelada en la época de Gabriel Silva Luján, cuando además de liquidar gran parte de sus activos se entregó la Federación al centralismo bogotano, haciendo uso del creciente poder del Gobierno y de su capacidad de intriga. El resultado se vio en el paro. Durante un año se negaron a oír las advertencias de los cafeteros sobre lo que pasaba. Después, cuando la protesta se vio venir, el presidente Santos prefirió darse un baño de popularidad en Chinchiná antes que escuchar a los miembros de los Comités departamentales. Entonces, personas ajenas a la institucionalidad tomaron la iniciativa y el reclamo se tornó en asunto de orden público. En palabras de un cafetero, “Con los Comités aislados por el maltrato del Ministro de Agricultura y la ignorancia de los de Interior y de Hacienda, el Gobierno debió entregarle la chequera a Angelino, el antes despreciado Vice, para que transara a los incitadores del paro”. Resultado, al país le costará un Potosí el arreglo que anestesia el problema sin resolverlo. La primera víctima, la Federación. La renuncia de Mario Gómez Estrada, símbolo del café, lo dice todo: “Por este año 2013 quedaron solventadas nuestras finanzas. Pero, ¿podrá esto sostenerse si la situación internacional no mejora y las autoridades monetarias no atacan debidamente fenómenos como el de la perversa revaluación? ¿Se tendrían que presentar nuevos actos de violencia después de este año de equilibrio? Qué precio tendrá que pagar la caficultura por la grave y creciente pérdida de prestigio, credibilidad y aprecio que ya nos está mostrando la Sociedad Colombiana, al sentirse injustamente atacada y perjudicada?”.Pero no es sólo el café. Son los cacaoteros a los que les prometieron $400.000 millones o los arroceros a los cuales les garantizaron precios de sustentación para evitar su paro. Es decir, subsidios a los productores para comprar la paz aparente, mientras no se atacan los problemas estructurales de una economía recostada en la bonanza de la minería y el petróleo. Que no puede seguir manejada con los criterios monetaristas del Banco de la República ni puede depender de la capacidad del Gobierno para gastar, para subsidiar la ineficiencia y callar la protesta con el presupuesto público.Los incendios son producidos por una economía que no es competitiva y por una dirigencia que desconoce los peligros de una apertura desordenada y del neoliberalismo que impulsa la revaluación. Eso lo dijeron los industriales que estuvieron en el Palacio de Nariño, reunión en la cual metieron el tema de la negociación con las Farc y a la que no invitaron a los ganaderos, por aquello del santismo versus el uribismo.Hoy estamos aún en la época de las vacas gordas. Pero nada puede hacernos más daño que la política de apagar los incendios con los subsidios del presupuesto público a las actividades productivas. Porque cuando lleguen las flacas no tendremos para atender ni siquiera la nómina del Estado y menos los conflictos sociales que no hemos resuelto.

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