¿Adiós a la cultura?

¿Adiós a la cultura?

Febrero 06, 2011 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

El lunes pasado oí a Amparo Sinisterra de Carvajal diciendo lo que siempre temí desde que Proartes se echó al hombro la aventura de mantener una orquesta filarmónica en Cali con directores y músicos de calidad: que ya no podía aguantar más la falta de plata. Pese a que lo esperaba, sentí el golpe de la desesperanza. De nuevo me encontré con algo que está en el centro de los problemas de nuestra ciudad y nuestro Departamento. Ahora ya no somos aquella Cali que se convirtió en paradigma de Colombia y logró el reconocimiento de América, obra de las mujeres que nos asomaron a la cultura y de los hombres que las apoyaron, haciendo posible que permeara a los caleños. Ahora somos una sociedad perdida en los individualismos e invadida por la violencia. Una sociedad de ciudadanos aislados donde la iniciativa privada no entiende a la cultura como una inversión que crea identidad y genera respeto a sus marcas y productos, si no como un gasto que no produce réditos o como capricho de unos pocos. Por eso se cierran salas de exposición, los teatreros trabajan en condiciones precarias y son cada vez más angustiosas las condiciones de instituciones como La Tertulia. Y, sobre todo, la música. Es ya verdad sabida que la música es el elemento de comunicación en esta ciudad de dos millones de almas poblada de inmigrantes de todos los estratos, que buscan un elemento que cree nexos con sus vecinos y los haga sentir a Cali como su casa. Son los que han encontrado en la salsa y en el baile su identidad como caleños. Los que llenan las salas donde toca la Filarmónica, casi todos jóvenes que viven una experiencia inolvidable, la de juntar a 35 músicos para interpretar obras escritas hace siglos o joyas contemporáneas o a solistas de talla mundial. Por algo, ésta es la ciudad con más músicos por metro cuadrado de Colombia.Por eso, asistir a un concierto en Cali es una agradable sorpresa. Y más sorpresivo es ver a esos maestros dictando clases de música en los barrios marginados, a los niños y jóvenes absorviendo los sonidos y las experiencias que les transmiten. Hace 14 y gracias a Proartes, 80 músicos dirigidos por Paul Dury y con arreglos de Eddie Martínez pusieron en escena la Sinfónica en su Salsa, inolvidable fusión de la salsa de Cali con la orquesta, que todavía da de que hablar. Eran épocas en las que Germán Patiño iniciaba el Petronio Álvarez y el maestro Francisco Zumaqué se inventaba obras con la música del Pacífico que no cabían en el Teatro Municipal. Épocas en las cuales todos ayudamos a construir identidad a través de la música. Ahora, el escenario es triste. Si bien el Departamento vuelve a aportar y el Municipio de Cali y el Ministerio de Cultura ratifican su apoyo, el hueco de más de mil millones de pesos por año parece insuperable. Por lo menos para doña Amparo, quien ha renunciado a seguir subsidiándola con el patrimonio de Proartes y a pasar la totuma para mantener con vida la Filarmónica.Permitir que desaparezca la Orquesta no es acabar con una banda que cuesta mucha plata, reune a unos pocos músicos y toca para la élite. Ante todo, eso es darle el peor de los golpes a la autoestima de Cali y el Valle. Es dejar morir la cultura como fuente de cohesión social porque enseña que podemos ser diferentes y vivir en paz a pesar de nuestra enorme y rica diversidad. Es la decadencia que no podemos aceptar.

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