A la memoria del muerto

Diciembre 22, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

“Antonio José Caballero ha muerto”, dijo monseñor Héctor Gutiérrez Pabón en sus honras fúnebres. Entonces el personaje que recibía el homenaje del prelado cobró vida en mi memoria.Me pareció verlo en su lucha por los secuestrados, su forma de entender el compromiso social del periodismo. Escucharlo hablar con ellos, darles aliento, comunicarlos con sus familias, exigir a sus secuestradores, entregar el micrófono a sus madres, a sus padres, a sus hijos, a sus novias o esposas. Era como si su formación le exigiera ser el profeta de la paz que se construye revelando la verdad.Y creí oírlo de nuevo desde un barco en la Antártida denunciando la destrucción que allí ocurría. O la de los páramos en Colombia. Todo lo hizo con la misma dedicación con la cual narró la elección de cuatro Papas o cuando fue el único periodista presente en el retorno al poder de Hugo Chávez. Como cubrió cientos de eventos de importancia mundial de la misma manera en que entrevistaba campesinos, secuestrados, liberados y a la gente del común que protagoniza la vida diaria.Ese era el periodista de todas las horas que, como lo contó Juan Gossaín en su crónica de El Tiempo, armó el más grande de los despelotes para entrevistar al papa Juan Pablo II. El que se adentraba en el Norte del Cauca, en plena violencia, para entrevistar a todos los que la padecían. Era el reportero que debía tomar miles de precauciones para llegar a su amada Santander de Quilichao, donde lo conocí desde niño.Y reviví una noche en La Matraca, tesoro del barrio Obrero. Entonces se acercó a la mesa un guerrillero de las Farc en vacaciones, un tipo enorme que le dijo: “nosotros lo oímos allá en la montaña. Mi comandante Pascuas le manda saludes y le pregunta cuándo vuelve”. Acto seguido se arrimó un condenado por el proceso ocho mil que le recordó cuándo lo había entrevistado y le ofreció una de las niñas que estaban con él. Y por último, pasó don José Noe Ríos, entonces secretario del partido Liberal, para invitarlo a la mesa donde estaba Piedad Córdoba.Todo eso podía pasarle a uno cuando estaba con Caballero. Cuando lo oía o leía sus columnas. Cuando sufría por su América o reclamaba por las injusticias. Cuando usaba su capacidad de conquista con las mujeres o tronaba desde una cabina telefónica de un pequeño hotel en Boloña durante el mundial de fútbol de 1990 porque no le daban cambio para transmitir sus crónicas.Y cuando le escuchaba el humor inteligente con el cual enfrentó todas las adversidades. Ese humor que le servía para defender su libertad sin ataduras, sin compromiso distinto a su fe en Dios y su amor por la profesión. Ese espíritu libertario que se negaba a aceptar la prisión que le significaba tener que tomar más de treinta pastillas diarias para defenderse del cáncer. Ese humor que lo llevó a decirle a Toño Uribe, su amigo de todas las horas: “tocayo, no venga a mi entierro porque yo ya no puedo estar en el suyo”.Cuando escuché a monseñor Gutiérrez recordé la última vez que lo vi, en la presentación del libro de Delirio. En medio de los males que cargaba en silencio, Antonio evocó a Piper Pimienta Díaz con Fruko y sus Tesos: “Yo no quiero que me hablen/ de pena ni sufrimiento. /Yo quiero vivir mi vida/ alegre, feliz, contento/ El día que yo me muera/ no quiero llanto ni rezo /Y que bailen mis amigos /a la memoria del muerto.

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