El silencio de los fusiles

El silencio de los fusiles

Agosto 11, 2017 - 11:45 p.m. Por: Luis Fernando Pérez

Hoy vivimos momentos de cambio. En noviembre 26 de 2016 se firmó el acuerdo final entre el Gobierno y las Farc; en enero de 2017 la guerrilla se concentró en 23 zonas preestablecidas; en julio finalizó el proceso de dejación de armas, se inició el proceso de escogencia de los Magistrados que lideraran el mecanismo de Justicia Transicional, y entre otras cosas, la Procuraduría General de la Nación tuvo la primera audiencia pública para víctimas del conflicto armado.

El camino hacia el posconflicto empieza a ser una realidad más tangible en un proceso de implementación tortuoso y con grandes vacíos por parte del Gobierno, que pareciera no haber tenido una estrategia clara; tanto así que la Comisión de la Verdad sigue siendo un anhelo para aquellos que creemos que la verdad no es para la adjudicación de responsabilidades y culpas pasadas, sino para tener una línea base con la cual reconstruir el tejido social quebrantado por el dolor y la desesperanza.

Hace unas semanas, en la premier del documental de Natalia Orozco -El silencio de los fusiles-, mientras los demás invitados se sentaban, fue imposible no sentirme conmovido por el momento histórico que estaba viviendo. En la sala se encontraban el jefe negociador del Gobierno, los hijos del Presidente, líderes de la sociedad civil, y miembros del equipo negociador de las Farc. Justo cuando se apagaron las luces para que Natalia iniciara su relato en la pantalla, me emocioné porque estaba en un cine en Bogotá, viendo una película junto a exintegrantes de las Farc, ya desmovilizados y sin armas. En ese momento, mientras el documental rodaba, comprendí que esa era mi primera experiencia urbana de posconflicto en Colombia.

Hay dos situaciones que quisiera resaltar. La primera, que estaba en un contexto urbano, pues Colombia está dividida desde hace algunos años en dos: un país rural afectado por la violencia con mayor intensidad, aumentada por el olvido e invisibilización de los gobiernos y las élites; y un país urbano afectado por la violencia en menor intensidad, pero que se siente aislado de una agenda política que no prioriza entre otros, sus necesidades de seguridad urbana. Hacia adelante, será un error seguir pensando que aislando las realidades urbanas se trazará el camino de construcción de paz. Éstas divisiones no permitirán que el tejido social sane y encuentre la vía hacia el perdón y la reconciliación.

Lo segundo a rescatar es que esta experiencia haya sido de la mano de un documental. Nos recuerda el poder que tienen las artes y la cultura en la reconstrucción de un país. A veces se nos olvida que los artistas tienen códigos diferentes con los cuales interpretan la realidad. El poder de las narrativas es fundamental en un país que intenta encontrar su camino luego de tanto dolor y muerte, negación de derechos e identidades, exclusión, discriminación, y tantas otras expresiones de violencia que Colombia ha vivido en los últimos 60 años.

Sería irresponsable e ingenuo pensar que la dejación de armas y desmovilización de las Farc significa que la paz ya se alcanzó. Pero es mucho más fácil tratar de abordar las deudas históricas que tenemos como sociedad, ¡con el silencio de los fusiles!

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