Significar la vida

Significar la vida

Marzo 25, 2018 - 11:35 p.m. Por: Luis Felipe Gómez Restrepo

Hay vidas que se gastan apenas en vivir, otras que se empeñan en crear y en aportar. Sólo algunas se sumergen en las preguntas más complejas de la existencia, pero muy pocas se arriesgan a dar sentido, no a preguntar sino a responder, como demostrando saber algo que los demás ignoran. De este último grupo emergió un judío, ciertamente marginal, que se atrevió a ir un poco más allá, de tal modo que se presentó a sí mismo ante sus seguidores como el verdadero sentido de la vida. Parecería raro, y ya lo pregonaron los filósofos de la sospecha, que el sentido de la vida acabara despreciado, martirizado y luego crucificado hasta morir; pero, ¿y por qué no?, si es precisamente en el contacto con la experiencia del sepulcro que el sentido de la vida se clarifica y consigue elevarse en toda su potencia sobre la finitud del mundo.

Durante una semana del año, la liturgia cristiana invita a celebrar “los misterios de la pasión, muerte y resurrección”, y con esta expresión no falta a la verdad. Es un verdadero desafío entender cómo acompañando el sufrimiento de otro se asume mejor el propio, cómo la injusticia que recae sobre un inocente se transforma en fortaleza y perseverancia para otras víctimas, cómo la crueldad y la mentira se revelan como un yugo del que nadie permanece exento, más aún, cómo por encima del dolor, de la muerte y la soledad, una vez más brota fortalecida y vigorosa la esperanza que nutre e inmortaliza la vida. Quizás por eso, para Pablo de Tarso la única muerte consiste en una vida sin sentido, que es lo mismo que vivir sin aquél que le da sentido, pues en su ausencia todo se convierte en fracaso, vanidad, esfuerzo inútil, finito reciclaje o éxito pasajero.

La vida es el reto, la muerte no es la última palabra, ahora bien, encontrar para ellas un sentido en medio del camino terrenal es lo que rescata al individuo de un inminente abismo de insignificancia. En las celebraciones de la Semana Santa los creyentes se enfrentan a ambas experiencias; pero gracias a ese milagro silencioso que reúne principio y fin, caos y cosmos, tiempo y eternidad, muerte y resurrección, ellos lograrán vislumbrar la gran invitación de la fe y entonces se levantarán entusiastas para retomar sus mundos cotidianos con el espíritu inflamado, el corazón limpio y un deseo incontenible de comenzar la vida otra vez. Amar y servir como motor de la existencia.

La celebración de la Semana Santa es un momento para preguntarse por las raíces hondas de nuestra existencia, para darle una profundidad a la vida que se juega en la relación con los demás, en los proyectos comunes de sociedad, en el rescate de los excluidos y marginados, en la capacidad de perdonar y de buscar el bien de los enemigos, en la posibilidad de volver a hilar el tejido social a punta de creer en los demás, en darle una nueva oportunidad a la confianza entre todos.

La vida de Jesús en el límite de su pasión y muerte, y en la apertura de su resurrección, es la fuente de liberación para todos de tantos obstáculos que cada uno le pone a su existencia por nuestros miedos, egoísmos, ingenuidades y dolores. Vivir la Semana Santa es dejarse tocar por la dinámica de renovación espiritual para vivir más al servicio de los demás.

* Rector Universidad Javeriana Cali

Sigue en Twitter @RectorJaveCali

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