Las religiones en democracia

Las religiones en democracia

Agosto 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: Luis Felipe Gómez Restrepo

La presencia de movimientos religiosos en la escena pública pone de manifiesto una tensión histórica entre religión y política. Se trata del papel de las religiones en una democracia, y donde los Estados se han declarado laicos y, por lo tanto, imparciales frente a las diversas confesiones. La presencia no siempre ha sido tranquila, pues en no pocos casos ha generado verdadera irrupción, y aún con claros indicios de manipulación. Igualmente, algunos funcionarios públicos no han sabido separar sus creencias del ejercicio de sus funciones. Frente a esta tensión hay dos posiciones extremas que van desde la que declara la existencia de Estados teocráticos, donde lo religioso se impone como poder oficial. Y la que expresa que las religiones son un asunto personal y que no tiene nada que manifestar en lo público. Ambas visiones son perversas: unifican órdenes de diferente nivel o quieren separar en compartimientos lo que está unido en la vida de las personas.Hoy, cuando temas como las nuevas arquitecturas familiares, la interrupción voluntaria de los embarazos, el final de la vida, la educación de las nuevas generaciones, comienzan a polarizar posiciones, se hace necesario poner esta tensión en un horizonte. Lo más propio de las sociedades democráticas es su pluralismo. Esto no sólo indica que contamos con una pluralidad de proyectos de vida y perspectivas culturales. Las religiones no son la única fuente de cohesión de la sociedad y deben reconocer que hay otros que piensan y sienten distinto con los que debemos construir sociedad.El primer reto es con sus propios creyentes: el discurso religioso debe promover no solo la tolerancia, sino ir más allá hacia la solidaridad. Las religiones, antes que construir muros, están llamadas a salir de sí y a ir a las fronteras físicas y espirituales de nuestro tiempo: la credibilidad de su discurso se juega hoy en la capacidad de acoger con respeto y hospitalidad a quienes caminan por las márgenes de la sociedad. Creyentes comprometidos son ciudadanos responsables y solidarios, capaces de construir reconciliación, respeto y tolerancia.El segundo reto es con la sociedad. En el espacio democrático, los discursos religiosos deben aceptar el desafío del diálogo razonable: cada quien tiene el derecho y el deber de presentar sus posturas y convicciones, pero sabiendo que el espacio político se construye con otros y que los argumentos que priman son los del respeto, el bien común y el acuerdo político consignado en la Constitución. Desde el punto de vista ético, las religiones postulan una ética de máximos, que expresa convicciones profundas, debe inspirar a la sociedad pero que no se puede imponer, puesto que está íntimamente vinculada con sus valores, sus aspiraciones y su fe. Mientras que el Estado, se mueve en lo que podríamos llamar la ética de mínimos, que son el producto de los consensos sociales y por los valores que sostienen la democracia y la convivencia. Hay que tener presentes la órbita de cada uno, sabiendo que hay lugares necesarios de traslape.La religión, si bien tiene una voz –entre otras voces- en el debate público, debe ser muy respetuosa de los acuerdos sociales, no puede pasar por encima de ellos. Solamente en los casos extremos están las figuras de objeción de conciencia y de desobediencia civil que permiten excepciones para todo ciudadano. *Rector Universidad Javeriana CaliSigue en Twitter @RectorJaveCali

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