Vuvuzela

Junio 25, 2010 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

El ensordecedor zumbido de la vuvuzela, terrible trompeta a la que nos someten los surafricanos en los partidos del Mundial, enloquece y provoca situaciones lamentables. A los franceses les resultó de mal agüero, demoledora. Francia fue golpeada por la desgracia al ver a su equipo, ‘Les Bleus’, no ganar ninguno de los partidos jugados, para quedar último del grupo A, considerado ‘fácil’ (con Uruguay, México y Suráfrica ) y además comportarse como soberanos patanes. Una catástrofe para los franceses siempre tan chauvinistas e inclinados a creerse los mejores. Y yo diría -según lo que observo-, más que una catástrofe es una verdadera tragedia griega que tiene a los franceses rabiosos, dolidos, avergonzados, asqueados y literalmente enfermos. Hoy en Francia no hay noticia que llame la atención que no esté relacionada con la debacle de los ‘Bleus’ y las ganas de lincharlos.Los hechos, que todo el mundo sabe: que salieron con un triste empate y dos derrotas; que uno de sus jugadores estrella, Nicholas Anelka, insultó de manera vulgar al impopular y cuestionado seleccionador Raymond Domenech y que el diario ‘L’Equipe’ reportó el incidente lo que valió al agresor la expulsión del certamen; en respuesta el grupo se rebeló y se negó a entrenar antes de su último partido contra Suráfrica (que perdió) y se armó la grande en la prensa francesa y en la opinión que ahora exigen un balance de años de fracasos, de gastos astronómicos para sostener a la Selección y de la pésima conducta de los jugadores. Los trapos sucios salen a relucir y el drama parece extenderse durante todo el verano.Desde hace mucho tiempo estos jugadores de la Selección de Francia no le dan una sola alegría a los franceses. Estrellas en muchos clubes europeos son de una detestable arrogancia y comprobada ineficiencia cuando representan a su país. La culpa es de todos. De la prensa que tanto los ensalza y los endiosa pero también se hace intrusa al revelar conflictos de grupo que pueden ser menores pero se vuelven mayores cuando salen a la luz pública. Del seleccionador Domenech, un hombre calificado de ‘impostor’ y de incapaz de dominar a los jugadores que lo maltratan y lo humillan; debía haber dejado el cargo hace tiempo. De los directivos oficiales que toleraron un cúmulo de fracasos, sin reaccionar. Y sobre todo de los jugadores, unos millonarios arrogantes y maleducados que no parecen sentir la camiseta ni amar a su país. El espectáculo que dieron los franceses en el Mundial es lamentable y comparto la frustración de los franceses. Además, sin ser experta en fútbol aprendí de Albert Camus que este juego es colectivo por excelencia y que su mejor expresión depende de la solidaridad y la generosidad de quienes lo practican. No es un juego elitista sino de barrios pobres y de favelas. Y por lo tanto pierde su esencia cuando lo practican jugadores excesivamente adinerados, arrogantes y narcisistas. Un Anelka o un Riberi no pueden parquear su Ferrari y luego ir a obedecer las órdenes de un entrenador -que gana mucho menos- o pasar el balón a un compañero que puede beneficiarse de meter un gol y quitarles el ‘vedetismo’ ante la afición. Así lo pienso aunque soy consciente que futbolistas muy ricos son también buenos. Sin embargo, el profesionalismo y las sumas astronómicas de dinero que genera corrompen al deporte y distorsionan sus ideales. Y en el fútbol el mal es mayor, por su carácter colectivo y popular.Una nota satisfactoria: en todos los debates que despedazan al fútbol francés se invoca la calidad del fútbol suramericano y se da en ejemplo. Por su eficacia, su disciplina, y su entusiasmo. Un fútbol que según los entendidos no ha sido contaminado y ofrece lo mejor. Y es lo que se está viendo en el Mundial mientras las grandes selecciones europeas defraudan hasta ahora.

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