Un ‘musical’ inteligente

Diciembre 30, 2016 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

El año termina en condiciones lamentables a nivel internacional y repasar sus tragedias sería llover sobre mojado. Deprimente. Lo mejor es ir a cine a ver algo liviano para distraernos. Escogí ver ‘La La Land’ una de las películas más premiadas que nos llega con el galardón a la mejor interpretación femenina en el último Festival de Venecia, la distinción de ‘mejor película del año’ por el severo círculo de críticos de Nueva York y siete nominaciones para el Golden Globe, antesala del Óscar. También la quise ver para satisfacer nostalgias acumuladas de aquellas maravillosas películas musicales que desaparecieron sin validas explicaciones. La verdad es que la gente de mi generación nos criamos extasiándonos ante grandes musicales. Eran tiempos de posguerras y con el fin de superar su impacto, el entretenimiento era obligado. Íbamos a cine para escapar de la realidad, a divertirnos. Y nuestros ídolos eran bailarines y cantantes excepcionales como Fred Astaire, Ginger Rogers, Cyd Charisse, Gene Kelly, Debbie Reynolds (acaba de fallecer), Rita Hayworth, Leslie Caron, Donald O’Conor, etc., etc. Todos bellos, glamorosos, extraordinarios. Y en películas que solo daban importancia a la música, el canto y el baile y no tanto a la trama. Y siempre con un final feliz.‘La La Land’ es un ‘musical’ diferente, propio del siglo 21; mezcla de lo real y la fantasía (¿realismo mágico?) Su título es el apodo que se da a Los Ángeles y significa ‘la tierra de los sueños’ ya que en esta gran ciudad californiana que alberga la meca del cine en Hollywood, viven muchos soñadores, deseosos de hacer carrera en el arte cinematográfico, teatral y musical. Parte del propósito de la película es rendirle homenaje tanto a la ciudad como a los musicales del pasado que marcaron una de las épocas más gloriosas del séptimo arte. Desde entonces el mundo cambió y la gente también y ahora el cine, con o sin música, no se vale de tanta fantasía para convertirse en el reflejo fiel de la vida misma. Y con la intención de invitar a la reflexión y si es posible, ayudar a sacar conclusiones aleccionadoras.Hace un par de años, Damien Chazelle (31 años de edad), director y guionista de ‘La La Land’ nos había regalado la buena película ‘Whiplash’ sobre la vida -muy sufrida- de un joven baterista cuyo profesor de música martirizaba con el pretexto de exigir lo mejor. En su nuevo trabajo nos cuenta la historia de Sebastián (Ryan Gosling) y Mía (Emma Stone) que llegan en forma separada a Los Ángeles a realizar sus respectivos sueños, él como pianista de Jazz y ella como actriz. Se encuentran, se enamoran, pero al final y por un concurso de circunstancias entre penosas y alegres, se tienen que separar para alcanzar sus metas profesionales. El todo llevado de la mano con canciones y bailes que ambos actores realizan con decoro, sin jamás pretender ser verdaderos bailarines o cantantes ya que no lo son. El director de ‘La La Land’ así lo quiso y lo logró. Consiguiendo que sus protagonistas no se conviertan en aquellas superestrellas de los años 40 y 50, dioses inalcanzables y ante los cuales uno fantaseaba sin jamás atreverse a comunicar. Aquí Sebastián y Mía son de carne y hueso. Nos identificamos con ellos y compartimos sus emociones. Aunque en ciertas escenas nos recuerdan gestos de Gene Kelly en ‘Cantando bajo la lluvia’, de Ginger Rogers emparejada con Fred Astaire; melodías de ‘Los Paraguas de Cherbourg’ o el truco mágico de la bailarina que se eleva en el aire que Woody Allen también utilizó en ‘Everybody say I Love You’. Al final de ‘La La Land’ y al son de una melodía leitmotiv de la película, los protagonistas rememoran su vida y experiencias y aceptan que el amor no lo puede todo. Pero que su poder nos vuelve quizás, más inteligentes y sensatos, deseando el bienestar del ser amado.Energía, vitalidad, alegría y tristeza... ¡Y mucho entretenimiento!

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