Triste realidad

Septiembre 03, 2010 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

Observé a Barack Obama cuando anunció el fin de la misión norteamericana en Iraq. A pesar de la ‘buena noticia’ lo noté cansado y desilusionado. Muy diferente del entusiasta que deslumbraba con su verbo y estilo ‘cool’. El poder desgasta, sin duda, y parece afectarlo sobremanera. Lo cierto es que nada resulta positivo en su administración. Su “yes, we can”, su “democracia inteligente” y su “toque mágico” para dialogar con adversarios, se desvanecieron. Sabemos que heredó problemas complicados y por eso la opinión se arma de paciencia y le da tiempo para probar sus habilidades. Pero es igualmente cierto que parece a toda hora perdido y sin rumbo claro.El anuncio del retiro de tropas de Iraq sonó más a derrota que a un logro o una promesa cumplida. Tras siete años de guerra, de 4.400 soldados norteamericanos y más de cien mil civiles iraquíes sacrificados, EE.UU sale de Iraq dejándolo a la deriva. El balance sigue reservado, aún para los más benignos. El filosofo francés Andre Glucksmann concluye el suyo en ‘Le Nouvel Observateur’ diciendo que aplaude la eliminación de Sadam Hussein y que “cualquier democracia, por más incierta que fuera, es mejor que una dictadura sangrienta”. Yo desde mi modesto escritorio le digo a Glucksmann que está desubicado y que en Egipto la sabiduría popular reza “más vale cien años de dictadura que un solo día de caos”. Diferencias de criterio que hay que absorber, antes de meterse en terreno ajeno… Entretanto la anhelada democracia que EE.UU quieren instalar en Iraq se encuentra en veremos y seis meses después de llevarse a cabo elecciones democráticas los iraquíes no logran formar un gobierno; y los atentados terroristas van en aumento. ¿Qué sucederá cuando salga el último soldado norteamericano de Iraq? Tarik Aziz, ex ministro de Sadam Hussein, encarcelado por crímenes contra la humanidad, se muestra aterrado en entrevista a un diario inglés: “Obama no nos puede dejar así. ¡Nos está entregando a los lobos!”. En su acelerado intento de rehabilitar su imagen ante la opinión de su país, Obama invitó (¿obligó?) al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y al presidente palestino, Mahmud Abbas, a reiniciar las negociaciones directas de paz en Washington, con el apoyo de Egipto y Jordania. ¿Qué saldrá de dichas negociaciones? La respuesta es negativa. Bajo tantas presiones, no puede llevar a ninguna solución. La paz entre Israel y Egipto o Israel y Jordania se dio gracias a la determinación de los mismos involucrados de hacerla. Aquí no sucede lo mismo. Netanyahu cree firmemente en una Jerusalén no dividida y en la obligación moral de aferrarse a ciertos territorios que considera legado bíblico de los judíos. A su vez Abbas es un líder disminuido, expulsado de Gaza en 2007 por la facción radical de Hamas y que sólo gobierna una parte de los palestinos. Él solo no puede firmar una paz creíble con Israel. Por otra parte, Hamas no fue invitado a las negociaciones por razones obvias: insiste en no reconocer a Israel, rehusa renunciar al terrorismo y no acepta ninguna decisión firmada por los palestinos con Israel en el pasado. Conclusión: la reunión de Netanyahu y Abbas en EE.UU es una pérdida de tiempo. La hacen sólo para complacer a Obama y brindarle -antes de las elecciones legislativas de noviembre- una semblanza de éxito por sus esfuerzos en el Medio Oriente. La realidad es otra. Y es triste.

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