Primavera ‘otoñal’

Abril 29, 2011 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

Los americanos (del norte) nunca saben para quién trabajan. Sus intervenciones en el exterior resultan confusas y plagadas de dudas y caen en peligrosas trampas. Lo curioso es que tampoco aprenden de sus errores. Lo que está pasando en el Medio Oriente en estos momentos lo demuestra ampliamente: la ‘primavera’ árabe no logra acceder al anhelado verano y se está volviendo ‘otoñal’. Recuerdo haber vivido una situación similar en Egipto cuando en 1956 el presidente Gamal Abd el Nasser, convertido en dictador implacable, nacionalizó el Canal de Suez. Francia e Inglaterra, socios de la empresa, decidieron impedirlo. Israel se unió a la incursión con el fin de neutralizar a los ‘fedayins’ formados en Egipto para luego realizar atentados terroristas en su territorio. En muy pocos días la operación había derrotado a Nasser quien no presentó oposición ninguna y se dispuso a abandonar el poder; incluso hizo un discurso anunciando su partida. De inmediato Estados Unidos quiso ‘capitalizar’ la situación y rescatar a Nasser con el fin de añadir a Egipto a su ‘zona de influencia’ en su carrera por la supremacía mundial en épocas de Guerra Fría con la Unión Soviética. Y lo rescató al obligar a Francia e Inglaterra a retirar sus tropas y renunciar al Canal, y a Israel a devolver el Sinaí que había conquistado. Por lo tanto Nasser salió ‘victorioso’ de una guerra contra tres naciones y su popularidad se afianzó para proyectarlo como líder mundial... Pero lo primero que hizo no fue aliarse a Estados Unidos como se pensó, sino a los soviéticos que se comprometieron a dotarlo de armas y protección de todo tipo y por tiempo indefinido. Se sabe que posteriormente el presidente Anwar el Sadat no fue a Israel a buscar la paz que su pueblo necesitaba para hacerle frente a sus necesidades, sino para acercarse a Occidente y, en especial, a los norteamericanos, y así liberarse de los soviéticos que Nasser había introducido en Egipto y que prácticamente se apoderaron del país.La historia se repitió infinidades de veces, en Vietnam, Afganistán, Irak... y ahora en torno a las rebeliones árabes. Lo cierto es que Estados Unidos quiere intervenir sin parecer hacerlo. Y, según sus intereses, lo hace de manera desigual y provoca resentimientos. En Túnez y Egipto las cosas funcionaron ya que los respectivos dictadores abandonaron el poder, con relativa facilidad. Y hasta allí Obama lució acertado. Con su aureola de presidente surgido de una minoría negra e hijo de musulmán pareció haber apostado al lado ganador, aunque falte mucho para percibir los caminos que tomarán las revoluciones tunecina y egipcia. Pero en Libia las cosas se complicaron con un dictador cruel -Muamar el Gadafi- decidido a resistir sin importar los muertos que deja en el intento. Entonces Estados Unidos -a través de Otan- tomó el partido de ‘proteger’ a los civiles: recurrió a la ley de exclusión aérea para las fuerzas de Gadafi y aprobó bombardeos a sus centros. Convencido que al castigar a Gadafi envía un mensaje claro a los demás dictadores de la región que les decía que si atentan contra sus poblaciones civiles, los castigará por igual. Sin embargo, ante la recia resistencia de Gadafi el mensaje fue entendido al revés: en Barhein, en Siria, en Jordania y en Yemen los dictadores ya no quieren rendirse, como ocurrió en Túnez o Egipto, y correr el riesgo de ser juzgados y seguramente condenados. Quieren imitar a Gadafi y resistir hasta las últimas consecuencias, y quizás salvar su pellejo. ¿Y Estados Unidos en todo eso? Saldrá perdiendo, como siempre.

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