No confundir

Septiembre 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

Las noticias, las fotos, los testimonios, hablan de la trágica situación de los ‘migrantes’ en Europa. Centenares de miles llegan de África y el Medio Oriente, sobre todo Siria. En su mayoría huyen de la barbarie ‘yihadista’ del Estado Islámico y grupos similares que matan, torturan, crucifican, secuestran y convierten las mujeres en esclavas sexuales, y todo en nombre de su religión y del castigo a ‘infieles’. Pero con ellos llegan otros, huyendo del deterioro económico en sus países de origen y en busca de una mejor vida y oportunidades de trabajo. Todos sufren y muchos mueren en el intento de realizar su meta. Y necesitan ayuda que los europeos tratan de proporcionar. La tarea no es fácil.Europa vive en carne propia el problema y asume la responsabilidad de solucionarlo. Pero se ve enfrentada a un dilema serio: ¿Cumplir con su deber moral y humanitario al darle albergue y asistencia a millones de personas en busca de asilo? O, ¿frenar el proceso para no atentar contra el bienestar de sus propios ciudadanos que padecen una evidente crisis económica, con una insoportable carga fiscal y una tasa de desempleo en permanente aumento? ¿Humanidad o realismo? Difícil decisión. Aunque ante el espectáculo de hombres y mujeres, niños y ancianos tratando desesperadamente de atravesar fronteras vedadas, arriesgando su vida en caminos peligrosos y vigilados por guardianes hostiles, o en mares y embarcaciones ilegales en las que ya miles han perecido ahogados, o escondidos y asfixiados en camiones malsanos, como ocurrió en Austria hace pocos días. La lucidez se pierde y las emociones dominan. Por eso algunos gobernantes europeos apelan a la calma, la cordura y la razón. Y piden a la opinión no confundir entre el ‘refugiado’ y el ‘migrante’. Realizar que el primero huye para salvar su vida. Es el caso de los refugiados que llegan de Siria, un país en ruinas, donde desde el 2011 se libra una guerra civil que se volvió total y ha cobrado cerca de 300 mil vidas y desplazado a más de 12 millones. Los que huyen de Siria en estos momentos lo hacen porque temen por sus vidas y la vida de sus familias; toca atenderlos prioritariamente. Los ‘migrantes’ también sufren y huyen de sus países porque quieren trabajar y comer y necesitan ayuda; pero en la escala de urgencia llegan después de los refugiados. Es un dilema que enfrenta Europa muy dispuesta a ayudar, pero dividida sobre la manera de hacerlo. Además los europeos se preguntan, con razón: ¿Por qué Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita y demás países del Golfo (Qatar, Dubai, Abu Dhabi, Kuwait) no se manifiestan para ayudar y se hacen los desentendidos? ¿Acaso no son ellos, por conductas diferentes, los responsables de lo ocurrido? Estados Unidos lo es sin duda desde que George W. Bush invadió Iraq y desestabilizó toda la región. Luego Obama abandonó Iraq a su suerte y lo dejó sin control, en manos de hordas criminales que abonaron el camino para el Estado Islámico. Y lo que pasó en Siria se debe a que Vladimir Putin de Rusia siempre apoyó incondicionalmente al desalmado Bashar el Assad y, otra vez, Barack Obama se cruzó de brazos cuando el dictador sirio violó las ‘líneas rojas’ impuestas por el mismo presidente norteamericano y utilizó armas químicas contra sus opositores que en este entonces eran moderados. Finalmente los europeos se preguntan por qué Arabia Saudita y los países del Golfo que disponen de tierras desérticas y recursos infinitos no ayudan a sus correligionarios refugiados y migrantes. ¿Acaso no son ellos quienes promovieron una versión dura del Islam -el wahabismo- que dio origen a Al Qaeda, Estado Islaámico, Boko Haram y otros bárbaros... y generaron semejante desastre?

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