Llegaron los chinos

Agosto 20, 2010 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

Se veía venir: a principios de esta semana, el gobierno japonés tuvo que reconocer la derrota al presentar sus datos de crecimiento para el segundo trimestre del año que resultaron inferiores a los datos presentados por China, su legendario rival en el área. Y aunque sobre la totalidad del año Tokio todavía mantiene una ligera ventaja, se da por descontado que en pocos meses tendrá que cederle a Pekín su puesto de número dos en la economía mundial, detrás de los Estados Unidos. La distancia de crecimiento entre Japón y China se ha vuelto tan grande que ya nada puede impedir que eso suceda. Es más, ante presiones varias de Estados Unidos y otros países desarrollados China tuvo que frenar su avance para no atropellarlos, en plena crisis. Sin embargo, la noticia fríamente anticipada y esperada, fue registrada de manera sensacional por todos los medios. A la vez con admiración y con temor. Según los expertos marca un giro histórico en la percepción del mundo del futuro y una evolución fulgurante entre las fuerzas que lo dominan. La admiración brota al constatar el desenlace triunfal de la frenética carrera hacia el desarrollo que emprendió el inolvidable reformador Deng Xiaoping en 1978. Desde que el pragmático líder aplicó la apertura económica contra el paralizante encerramiento impuesto por Mao, China se disparó. Y con los años fue superando a los más ricos y poderosos tanto en producción como en exportación. Por otra parte el temor generado tiene que ver con la idea de aceptar que China pueda algún día destronar a los Estados Unidos. Y entonces, en su calidad de país más poblado del planeta (1.300 millones de habitantes), dominar de manera absoluta al mundo para imponerle su ideología y prioridades políticas. Al ritmo de su actual crecimiento que oscila entre el 8% y el 11% (ningún otro país desarrollado lo logra), esta predicción futurista no necesita mucho tiempo para volverse realidad. Los expertos de Goldman Sachs o Pricewaterhouse Cooper la ubican entre el 2020 y el 2027. Y por lo tanto asusta. Más aún cuando vemos que China le arrebata a Estados Unidos el primer puesto -altamente simbólico- de primer exportador mundial de carros, o cuando se vuelve sede de algunas de las más poderosas compañías bursátiles del mundo. Y también cuando ayudada por el ‘boom’ que genera, amenaza con convertirse en el más importante mercado consumidor. Pese a todo el poderío y el arrollador empuje que ostenta, China tiene muchos aspectos vulnerables que necesitan de inmediata atención para no explotar en su contra. En efecto, todavía el país cuenta con una población mayoritariamente pobre que espera de su gobierno una verdadera mejoría de su nivel y calidad de vida. Las hazañas de la economía mundial no la alimentan ni la impresionan. Y si el país se está elevando al rango de segunda potencia económica mundial, su desarrollo humano sólo ocupa el puesto 92 y se encuentra diez veces por debajo del nivel del rival japonés; la referencia que suscita mas interés entre los chinos. Y por eso, Pekín ha optado por guardar un perfil muy bajo ante los formidables datos internacionales que prueban su ascenso económico. La meta -dicen sus líderes- es lograr el mismo ascenso a nivel de sus habitantes. Entretanto el mundo observa, calcula y analiza. Pero no se atreve mucho a criticar ni reclamar en materia de derechos o sacrificios humanos. No quiere enemistarse con el gobierno de Pekín que, al fin y al cabo, hoy en día y en plena crisis, financia sus deudas y lo ayuda a sobrevivir.

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