La mujer egipcia

La mujer egipcia

Diciembre 23, 2011 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

Un amigo egipcio me acaba de enviar un pedazo de discurso de Gamal Abdel Nasser pronunciado 1953. El ‘Rais’ (líder) recién investido de presidente de Egipto después de expulsar al rey Farouk (1952) hablaba ante una multitudinaria audiencia y explicaba que buscó un acercamiento con los Hermanos Musulmanes para formar su gobierno, pero que las exigencias de dicho grupo fundamentalista no lo permitieron. En serio y en broma contó que el representante de los religiosos le dijo: “Lo primero que pedimos es que la mujer debe usar el ‘hiyab’ o la ‘tarha’ (tela que cubre su pelo), cuando sale a la calle. Nasser le respondió: “Hacerlo, mi querido sheikh, es volver al oscurantismo... Además sé que usted tiene una hija en la facultad de medicina y ella no cubre su cabeza cuando sale de su casa. Si usted no logra obligar a su propia hija a usar la ‘tarha’ ¿quiere que yo obligue a 10 millones de mujeres egipcias (en este entonces la población egipcia sumaba 35 millones) a hacerlo? Los aplausos y los chistes estallaron en la audiencia. Un asistente se levantó -muerto de la risa- para decir: “¡Que el sheikh use la ‘tarha’”!Este ambiente de tolerancia y afán de modernismo se vivía en Egipto a principios de los años 50 hasta que yo dejé el país para siempre en 1956. Las mujeres egipcias gozaban de libertades y aspiraban ampliarlas con la revolución socialista de Nasser. Pero no ocurrió así. En 1977 volví por primera vez a Egipto como turista y fui a visitar a mi vecina y amiga del alma ‘Fawzia’ con quien me crié. Me abrió la puerta vestida de una bata larga y con la cabeza cubierta con el ‘hiyab’. Me sorprendió verla en este atuendo, a ella que conocí tan lanzada y moderna. Además se había convertido en acreditada periodista de radio que se ocupaba de la emancipación de la mujer. Y ella me explicó el por qué de su decisión de llevar el ‘hiyab’: por un lado era una manera de afirmar su identidad maltratada durante años de colonialismo; luego lo hacia en señal de su oposición a la corrupción ambiental heredada de Nasser (ya había fallecido y gobernaba Sadat); finalmente lo hacia para ‘protegerse’, ya que con este atuendo podía salir a su antojo y trabajar (a ratos de noche), sin ser acosada sexualmente por los hombres, ni acusada de malos modales. Lo triste de la historia es que la mujer egipcia -como mi amiga Fawzia- cayó en la trampa de la religiosidad oscurantista. Hoy no tiene manera de librarse de ella. Aun cuando estudia, trabaja, defiende sus derechos o participa activamente en la revolución. Durante los famosos ‘18 días’ de enero pasado, la vimos en la Plaza Tahrir dispuesta a morir por la revolución que derrocó a Hosni Mubarak. Vibrante, resuelta, valiente, agresiva. La revolución triunfo, Mubarak cayó y las anheladas elecciones se llevaron a cabo. ¿Y qué pasó? La mujer se vio relegada a un segundo lugar: inexistente. Entretanto un informe de la ONU viene a confirmar que ni su ‘hiyab’ ni su ‘niqab’ (vestimenta que la cubre toda y sólo le deja dos huecos frente a los ojos para poder ver), la protegieron del acoso sexual que hoy en día afecta al 83% de las mujeres egipcias. Una mujer en Egipto ya no puede salir sola, sin ser molestada; las periodistas extranjeras fueron violadas (por la turbias e incluso por la policía), y los incidentes del fin de la semana pasada mostraron a mujeres agredidas y desvestidas en plena calle (busque en Youtube ‘La mujer del brassier azul’; una vergüenza). Degradadas y abusadas las mujeres egipcias resultaron las víctimas de la Primavera Árabe que se suponía emancipadora. Lo más desconcertante es que a la hora de votar ellas dieron su voto a los Hermanos Musulmanes y -peor aún-a los Salafistas; es decir los islamistas más extremistas y discriminatorios de los derechos de la mujer. ¿Por que? ¿Otra vez para protegerse? O será que sufren del síndrome de Estocolmo que hace que la víctima se enamore de su verdugo?

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