El mundo de Ripley

opinion: El mundo de Ripley

Vivimos en un mundo cada día más extraño, inventado por Ripley. La lógica, el sentido común, la decencia, las ideologías, los derechos humanos, la convivencia, la compasión, la tolerancia y la libertad no tienen cabida en nuestro entorno

El mundo de Ripley

Mayo 05, 2017 - 12:15 a.m. Por: Liliane de Levy

Vivimos en un mundo cada día más extraño, inventado por Ripley. La lógica, el sentido común, la decencia, las ideologías, los derechos humanos, la convivencia, la compasión, la tolerancia y la libertad no tienen cabida en nuestro entorno. Todo lo anterior se volvió obsoleto, pasado de moda, ingenuo, tonto. Las religiones que supuestamente deberían ayudarnos a ser mejores, se convirtieron en las principales fuentes de violencia y división. Y los ejemplos abundan. Uno de los más dicientes se cuece en el seno de las Naciones Unidas (ONU), aquel organismo que se inventó después de la Segunda Guerra Mundial, dizque para “facilitar la cooperación de las naciones en asuntos como el Derecho Internacional y social, los asuntos humanitarios y los Derechos Humanos”. Desviado de sus nobles propósitos hoy en día lo dominan la política, la codicia, la injusticia y el interés propio de sus participantes. Veamos.

Desde hace un par de años la ONU se ha dedicado a cortejar a Arabia Saudita, pasando por alto horribles pecados. El cortejo llegó a tal punto de exageración que nombró al saudí Faisal Bin Hassan Trad como jefe de su comité de expertos independientes en la defensa de los Derechos Humanos. Obviamente la escogencia de tal liderazgo asombró y recibió un aluvión de críticas que llevaron a la indignación total cuando hace pocos días la ONU remató con la elección de Arabia Saudita para el Consejo de los Derechos de la Mujer. No es para menos.

Un país como este, donde las mujeres son consideradas legalmente inferiores a los hombres en aspectos sociales, de herencia o salarios; que no pueden salir de su casa sin acompañante, no pueden conducir, son mutiladas sexualmente, aisladas y tapadas. Donde los periodistas son condenados a recibir latigazos si se atreven a disentir del poder, donde se decapita, se crucifica, se discrimina a las minorías étnicas o religiosas. Con su afición por la pena capital (en proporción es el país que más ejecuciones realiza) y que ostentosamente se ha negado a acoger cualquier tipo de refugiados en su territorio, considerando que son un problema “ajeno”, no puede participar en un comité que habla de derechos humanos de ningún tipo. ¡Definitivamente ‘petróleo mata derechos humanos’!

Otra muestra de indecencia en la ONU se registró el martes pasado, cuando la Unesco (su rama cultural) aprobó una resolución que niega la soberanía de Israel en cualquier parte de Jerusalén. La resolución venía suavizada de otras anteriores que se referían al Monte del Templo sólo con su nombre árabe Haram al Sharif, y a la Plaza del Muro de los Lamentos como Al-Buraq, desconociendo miles años de historia bíblica y religiosa que revelan el extraordinario apego de los judíos con estos dos sitios sagrados, aunque en la ultima versión suavizada, la resolución acepta que son importantes para las tres religiones monoteístas y reafirma que no se vinculan con Israel de manera más especial. Obviamente la resolución provocó ira y desespero entre los israelíes y los judíos en general que siempre consideraron el Monte del Templo y la Plaza del Muro como referencias religiosas esenciales. Sin ser nada religiosa, yo misma lo sé porque cada año, en los festejos de la Pascua judía (la última cena de Jesús), se rememora el éxodo de los judíos de Egipto, liderado por Moisés, y los participantes a la cena nos preguntamos mutuamente “¿De dónde vienes?” y se contesta: “De Egipto”. Luego se vuelve a preguntar: “¿A dónde vas?”, y se responde: “A Jerusalén”. También sé que el día de su matrimonio cada varón judío quiebra un vaso (para alejar la mala suerte) y recita en voz alta, a título de voto o promesa, un salmo bíblico que dice “Si te olvidare, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza...”, una promesa que perdura por miles de años y que Unesco no toma en cuenta.

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