Egipto en el corazón

Febrero 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

Me resulta difícil describir la emoción que me embarga frente a los acontecimientos de Egipto. Nací y pasé mi adolescencia en este país maravilloso que tuve que abandonar -expulsada- en circunstancias dolorosas en 1956, tras la guerra del Canal de Suez, junto a la totalidad de la comunidad judía, cuya historia remonta a miles de años en Egipto y llegó a sumar más de 80 mil miembros. Sin entender por qué, con mucha tristeza y permanente nostalgia. Pero aún así, sin rencores ni odios. Un dicho popular egipcio reza que quien bebe del agua del Nilo jamás lo puede olvidar. Y es cierto. Por eso mi alegría desbordante al ver al pueblo egipcio despertarse y, en gesto espontáneo, sublevarse en masa contra la dictadura y la opresión. Recobré mi fe en este pueblo que tanto amé y me desilusionó en el pasado.No nos digamos mentiras: los egipcios siempre vivieron manipulados y engañados. Y su opresión no comenzó con Hosni Mubarak como muchos parecen creerlo. Viví en la época de la monarquía del rey Faruk que fue quizás la dictadura más benigna de todas las que padecieron. Con su alto grado de corrupción, sin duda alguna, pero con un parlamento que cumplía a cabalidad sus funciones y partidos políticos consolidados. Recuerdo que mi familia se inclinaba por el Partido Wafd, cuyo líder, Nahas Pacha, defendía los derechos de las minorías religiosas del país. Luego llego la revolución de los Coroneles Libres en 1952 que, a decir la verdad, no fue una revolución del pueblo, sino un simple golpe militar que no resultó sangriento porque el rey no presentó resistencia; empacó y se fue. De inmediato los nuevos gobernantes, encabezados por Gamal Abd el Nasser, establecieron una dictadura militar de puro corte nacionalista y populista que fomentó rivalidades internas y desastrosas guerras externas, así como desmesuradas ambiciones de poder que iban más allá de las fronteras egipcias. Para mí y mi comunidad –y todas las minorías del país- la época naseriana fue nefasta. Luego llegó Anwar el Sadat, otro militar parecido a Nasser, pero él, frente al desespero y la pobreza que acosaban y las guerras que arruinaban a Egipto, decidió hacer la paz con Israel y fue él mismo a Jerusalén a buscarla. Lo asesinaron. Ocupó su cargo Hosni Mubarak quien llegó al poder con aureola de bueno y consagrado a su pueblo. Y lo fue en un principio. Pero 30 años en el poder lo convirtieron en un faraón corrupto e insaciable... hasta que el pueblo egipcio le dijo “Kefaya” (significa “suficiente” en árabe). Y propulsado por el detonador tunecino se enfrentó con valentía a la brutalidad del régimen y desbancó al déspota.Ahora el mundo mira hacia Egipto con optimismo. Pero su optimismo es -y debe ser- cauteloso. El Ejército se portó garante de la revolución del pueblo y de una transición democrática. ¿Podrá cumplir con tan difícil misión? ¿Y cómo se comportarán los Hermanos Musulmanes? Son temidos por su fanatismo religioso y su propósito de imponer la ‘Sharia’ (ley islámica), cuyos valores no corresponden a los valores de la democracia moderna. Hasta el momento fueron ilegales, pero muy bien organizados. Y juran que cambiaron y se moderaron. ¿Será verdad o es sólo un ardid para llegar al poder? Es tema para otra nota...

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad