Egipto, del optimismo al pesimismo

Egipto, del optimismo al pesimismo

Febrero 04, 2011 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

Egipto fue el primer país árabe contagiado con el ‘virus’ revolucionario que en Tunisia obligó al dictador Ben Ali a abandonar el poder y huir del país. Era de esperar: llevaba tres décadas a manos de un régimen totalitario, caracterizado por la corrupción. En el ambiente se palpaba el desespero. Pero su presidente, Hosni Mubarak, quien manejó el país a su antojo y lo mantuvo en la miseria durante este tiempo, no parecía inquietado. Ni por la dramática explosión demográfica; la incontrolable inflación; la escasez de vivienda; el desempleo y la corrupción, siempre presente para concentrar las riquezas del país en manos de unas roscas cercanas al clan Mubarak y encabezadas por su hijo Gamal. Basta notar que el 40% de los 83 millones de egipcios subsisten con menos de dos dólares al día, para comprender el grado de frustración en que se encuentra el país. Por lo tanto, cuando cayó el dictador tunecino los egipcios se envalentaron y salieron a las calles a pedir a gritos que el suyo hiciera lo mismo.Al principio todo pareció desarrollarse bien, sin violencia. Luego, desde el retiro de las fuerzas de la Policía -odiadas por su crueldad- las manifestaciones se tornaron incluso alegres. Los eslóganes exhibidos no eran beligerantes. Y los Hermanos Musulmanes, el grupo religioso radical (ilegal, pero tolerado) que inspiró Al Qaeda y amenaza sumir a Egipto en el oscurantismo, se unió a los manifestantes con calculada moderación. Todo bajo la vigilancia del Ejército, al que los egipcios respetan. Pero la situación se reversó cuando Mubarak dijo que, aunque no volvería a presentarse a las elecciones, no se iría antes de finalizar su término, en septiembre.La gente, enfurecida, se negó a aceptar y siguió manifestándose hasta que un grupo de agresivos partisanos de Mubarak llegó a enfrentarla. Resultado: la violencia escalada y se cuentan numerosos muertos y heridos. Entretanto, el Ejército minimizó su intervención y si bien optó por no agredir a los opositores de Mubarak, parece apoyar la idea de dejarlo en el poder hasta el fin de su mandato. En el exterior la situación preocupa. Los déspotas árabes tiemblan al ver al más poderoso de sus miembros a punto de caer y por el efecto dominó que los puede alcanzar. Y también en los países occidentales, encabezados por Estados Unidos, que por décadas trabajaron con Mubarak y han encontrado en él un aliado contra el islamismo y el terrorismo en general, así como las pretensiones nucleares de Irán. Un Egipto desestabilizado, o en manos de una organización islamista como los Hermanos Musulmanes, acabaría con el frágil equilibrio del Medio Oriente. Y sin hablar de Israel, cuyo acuerdo de paz con Egipto fue siempre acatado por Hosni Mubarak y que peligraría en caso de depender de un poder islamista. Las manifestaciones iniciales contra Mubarak habían suscitado el optimismo; pedían disolver el Parlamento dominado en un 95% por el partido de Mubarak; reformar la Constitución; levantar las leyes de excepción; proporcionar justicia social; terminar con la corrupción y los abusos de la Policía. Y surgió la esperanza que un hombre como Mohamed el Baradei (Nobel de la Paz por su papel a la cabeza de la Agencia Internacional de Energía Atómica Aiea) pudiera dirigir una transición democrática. Pero la violencia lo daña todo y abona el camino para los extremistas, que saben aprovechar estas tristes situaciones para presentarse como salvadores y terminan apoderándose del país. Un principio de Murphy reza que toda situación, por más mala que sea, puede empeorar. Ojalá que no se aplique a Egipto y a su pueblo, otrora tan alegre, pacífico, trabajador, patriota, pero convertido en un pueblo triste, maltratado y frustrado por culpa de gobernantes corruptos y abusivos.

VER COMENTARIOS
Columnistas