¡Bronca!

Julio 01, 2016 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

A mi modo de ver, después del triunfo del ‘Brexit’ en Gran Bretaña no sería extraño que Donald Trump gane las elecciones presidenciales en Estados Unidos en noviembre próximo. Por más advertencias en contra y a sabiendas plenas de los riesgos que se toman. Lo cierto es que los dos casos, tanto del ‘Brexit’ como Trump son productos del mismo mal: una bronca profunda y largamente nutrida contra el sistema y los políticos tradicionales, acomodados en una confortable ideología de puras apariencias morales y falsamente democrática. Y descuidando un enorme sector de la población que no logra hacerse ver ni escuchar. Es así que, a lo largo de los años, los descuidados y maltratados han acumulado sus resentimientos y su ira hasta que un buen día llegaron políticos astutos a decirles que tienen toda la razón de estar molestos, que comprenden sus problemas y están dispuestos a ayudar. Políticos que pueden ser de derecha o de izquierda y en los casos que nos interesan son: en Gran Bretaña Nigel Farage, muy rico y poderoso, fundador del partido Ukip (Partido de la Independencia) de extrema derecha y cuya campaña siempre pretendió proteger a la clase media trabajadora, víctima según él, de la Unión Europea (UE) que les ha arrebatado sus empleos y bienestar para favorecer a los ricos y a los jóvenes profesionales, los únicos capaces de hacer carrera en una Europa globalizada y abierta a la competencia más despiadada. Los otros, la clase media y obrera y sobre todo no tan joven de 50 y más años, no logran sobrevivir. Ellos habitan la Inglaterra ‘profunda’ en el norte y centro del país, y en áreas rurales y sin fácil acceso a los altos niveles del poder. Y fue esta clase trabajadora, que usualmente vota a la izquierda pero que el 23 de junio pasado se rebeló contra Londres y se alió con la derecha a favor de la salida de una UE que, nunca les convino. Al contrario, con su fórmula de fronteras abiertas, los inundó de inmigrantes pobres de Europa del Este, que llegaron a quitarles empleos y a obligarlos a bajar salarios. Además asustados con la perspectiva cada día más insistente del ingreso de Turquía a la UE, con sus millones de habitantes musulmanes (hoy en día les inspiran desconfianza) y que también querrán venir a Inglaterra a pelear por su supervivencia.En Estados Unidos el fenómeno Trump es muy parecido. En este país de oportunidades (el sueño americano) no todo el mundo gana y progresa. Fuera de las grandes urbes existe un país rural, muy aislado, habitado por una clase obrera mal preparada para luchar contra la adversidad de la modernidad y la competitividad que Estados Unidos encarna. Entonces se llena de ira, de rabia y quiere protestar. Y llega un Donald Trump rico, poderoso y arrogante que les habla de los ‘losers’ (perdedores), ellos, y los ‘winners’ (ganadores), él, y promete sacarlos de su triste situación e integrarlos al grupo privilegiado que conoce y maneja mejor que nadie. Sus promesas son música para sus oídos. No importa que Trump sea racista, sexista, xenófobo, bufón, ignorante, nativista, etc. La clase media y obrera de Ohio o Pennsylvania lo escucha, lo admira y le cree. Primero porque es rico y no necesita aprovecharse de su posición política para enriquecerse. Y porque dice en voz alta lo que ellos piensan en voz baja en lo relacionado con la inmigración ilegal que consideran incontrolable e invasora, con los musulmanes que en nombre de su religión siembran la violencia y el terror, con los financieros que los han arruinado en múltiples maneras, sin ser castigados, con los abusos comerciales de China, la arrogancia de Rusia, las guerras lejanas que han librado con enormes sacrificios humanos y materiales, sin el menor reconocimiento. A estos grupos de gente Trump habla en un lenguaje que ellos comprenden y ellos sucumben a su poder persuasivo... y votan por él. En política, el fenómeno se llama populismo. Nefasto, absurdo, peligroso. Pero que funciona, funciona.

VER COMENTARIOS
Columnistas