Brasil, suena familiar

Brasil, suena familiar

Enero 07, 2011 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

El sábado pasado, en Miami, fui a almorzar en casa de amigos brasileños y nos pasamos el día viendo la posesión de la nueva presidenta de Brasil, Dilma Roussef. Impresionante, para decir lo menos, el espectáculo de esta mujer de fuerte carácter asumiendo el mando de uno de los países más poderosos y dinámicos. Y escuchar los acalorados comentarios de mis anfitriones sobre sus posibilidades de éxito en la difícil tarea que la espera y en los zapatos del muy popular presidente saliente Luis Inácio Lula da Silva. Todo lo que decían me sonaba familiar: en Colombia pasamos por una experiencia similar cuando nuestro muy popular presidente (lo era y nadie lo puede refutar, aunque ahora muchos lo hacen) Álvaro Uribe ‘cedió’ su puesto a Juan Manuel Santos, el candidato de su escogencia, quien prometió continuar su gigantesca labor de pacificación del país… Y teníamos dudas y temores al respecto; por fortuna resultaron vanos.En Brasil el fenómeno se da en condiciones parecidas; aunque el esquema político difiere. Lo inició Lula cuando hace ocho años llegó a la presidencia de su país después de una vida de ardua lucha política a la cabeza del Partido del Trabajo. Se temía que sus ideas izquierdistas echaran a perder a los inversionistas y a los aliados occidentales. Y sucedió lo contrario: Lula supo moderar sus inclinaciones políticas, adaptarse a las situaciones más opuestas, modernizar su Partido y volverse experto en una modalidad diplomática que hizo escuela y lo convirtió en amigo de todo el mundo: de Obama y de Castro, de Chávez y de Sarkozy, de Ahmadinejad y de Shimon Peres. Su carisma es inmenso y -al parecer- su ego lo iguala. Lo califican como enano físicamente, pero un gigante en política y diplomacia. Y así monto un programa de gobierno que en ocho años convirtió a Brasil en una de las economías más dinámicas y que la crisis mundial no logró frenar. Hizo milagros y cumplió su término con cerca de 90% de índice de popularidad. Parecidos a los milagros cumplidos por Álvaro Uribe en materia de seguridad y pacificación en una Colombia que recibió sumida en la inseguridad y la violencia, y devolvió transformada en un muy buen vividero. Muchos lo olvidan, pero las cifras hablan por sí solas: Uribe dejó su cargo -al igual que Lula- después de ocho años de un muy difícil gobierno, con altisimo índice de popularidad. Volviendo al Brasil, Dilma Roussef fue también la candidata escogida por Lula. Pero a pesar de su experiencia en los manejos del gobierno (fue jefe de gobierno de Lula) la gente se pregunta si dará la talla. Recuerdan que fue marxista y guerrillera, que fue torturada en prisión y que tiene promesas selladas con las poblaciones menos favorecidas que debe cumplir por encima de otras obligaciones. Además, no tiene el carisma de Lula ni su habilidad de ser amiga de Dios y del Diablo. Los preocupados se preguntan: ¿Ahuyentará a los inversionistas? ¿Podrá conciliar el desarrollo económico con los recortes en gastos que impiden ocuparse de mayores obras sociales? ¿Cómo logrará devaluar la moneda brasileña frente al dólar para reactivar las exportaciones? ¿Cómo bajará la deuda y las tasas de interés que obstaculizan el crecimiento? ¿Cómo frenará la inflación que alcanza 5,6 %? ¿Cómo detendrá un aumento considerable del salario mínimo -iría en contra de la activación económica- que los pobres exigen a gritos? ¿Y cómo suministrará los enormes fondos que necesitan los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol que su país y el mundo esperan con ilusión? Son retos grandes y los brasileños se cruzan los dedos y esperan el milagro. Entretanto Lula estará por allí, vigilando. Y si la Roussef fracasa, el querrá retomar el poder; lo declaró sin disimulo. Y eso también suena familiar...

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