Armas, muertes y Dios

Armas, muertes y Dios

Octubre 05, 2017 - 11:35 p.m. Por: Liliane de Levy

Estados Unidos llora la tragedia ocurrida en Las Vegas el domingo pasado, perpetrada en medio de un concierto de música ‘country’ por un terrorista o un enfermo mental que dejó el saldo de 59 muertos y 525 heridos.

Más de 22 mil personas habían acudido al evento cuando de repente, desde una ventana del piso 32 de un hotel aledaño, llovieron balas durante largos minutos sembrando muerte y pánico. El presidente Trump calificó el atentado como “una acción de pura maldad” y los norteamericanos quedaron en estado de ‘shock’ y duelo. Para consolarlos los políticos y líderes recomendaron rezar. De inmediato se organizaron las vigilias y las plegarias en los templos, las sinagogas y las mesquitas para pedir a Dios ayuda contra los malévolos.

La historia se repite y se vuelve rutina, aunque esta vez la gente parece muy cansada de llorar y rezar. Se siente insegura y cree que necesita urgente protección de parte del Gobierno. En la nación más poderosa del mundo la vida semeja una ruleta rusa: basta estar en el lugar equivocado, es decir un café, un parque, un teatro, una escuela o un concierto, para morir víctima de un atentado violento, sin comprender el motivo. La gente le reza a Dios amargada y resignada, a sabiendas de que el pecado original de tanta inseguridad es la proliferación de las armas de fuego letales que se encuentran al alcance de todo el mundo.

En Estados Unidos se compran armas como se compran chocolates. El asesino de Las Vegas había adquirido un arsenal en muy pocos meses, sin ser cuestionado o molestado. Un fenómeno tolerado y aparentemente apoyado por un poderoso organismo, el NRA (National Rifle Association) que defiende el porte de armas como un derecho humano y constitucional y cuya utilización incluye además de protección, los méritos de ser deportivos o recreativos.

Es también un negocio boyante. Se calcula que los fabricantes de armas en Estados Unidos cuadriplicaron su producción en los últimos años porque la demanda es grande -y creció después del atentado de Las Vegas-. Para nutrirse, la industria se vale de innovaciones y trucos sofisticados. Un ejemplo: en Estados Unidos la venta de armas de fuego automáticas no tiene cabida en la sociedad civil y está prohibida, sin embargo, por pocos dólares los compradores pueden adquirir un artefacto que adaptan al rifle legal que sí pueden comprar, para volverlo automático, capaz de disparar ráfagas mortales, sin necesidad de pausa o recarga. Es precisamente lo que Stephen Paddock, el asesino de Las Vegas, utilizó con los horrendos resultados que sabemos.

Entonces, cómo respondería Dios a las súplicas de sus fieles que le piden contrarrestar semejante sinrazón. Yo creo que en su sabiduría Dios les recomendaría seguir rezando y reflexionando pero también actuar cuanto antes. Primero, para frenar las ventas de armas con un severo reglamento y luego, para vigilar de cerca a quienes las adquieren. Así de sencillo.

Pero nada se hace por culpa de un irresponsable antagonismo político y partisano. El partido demócrata pide un urgente nuevo reglamento y para justificarlo, se vale de las estadísticas que contabilizan más de 230 millones de armas de fuego en manos de los norteamericanos, 273 atentados con armas de fuego sólo en 2017 que dejan un saldo de 23.520 víctimas. Por su parte, los republicanos que dominan el Congreso, no se muestran dispuestos a aceptar nuevas reglas relacionadas con el freno del porte de armas. Sus argumentos son nacionalistas y se apoyan en la Constitución, aunque los tiempos y las mismas armas cambiaron. “Es el precio que se paga por la libertad”, dicen ellos. Entretanto recomiendan rezar. Y como están en el poder, rezar se impone...

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