Salud a medias

Marzo 04, 2016 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Es decepcionante para cualquier persona descubrir el estado en el que se encuentra el sistema de salud en este país. No hay rincón de Colombia, grande o pequeño, que se salve de una crisis que hace muchísimos años hizo metástasis. La salud está agonizando y junto a ella, cualquier cantidad de ciudadanos. Las cifras sólo se elevan. El de la salud es quizás el derecho fundamental más manoseado y ultrajado, el más vulnerado, y hace parte de un sistema tan patético como triste, en donde el colombiano más pobre es el que más sufre. Son estos usuarios, los que pertenecen al régimen subsidiado, quienes terminan asumiendo -si la vida se los permite- la inoportunidad, la mala calidad y el pésimo servicio de la salud. Y después de casi dos décadas, las EPS no han logrado evitar, ni siquiera medir, el daño ocasionado a una porción de habitantes habidos de soluciones. Parecen estar dispuestas para todo lo contrario. Entre muchas de historias, unas más dramáticas que otras, aunque no menos importantes, está la de Néstor*, un hombre de 44 años que aunque está casado, vive solo, pues su mujer está en Tolima, trabajando tan duro como él para sobrevivir y disfrutarse de cuando en vez. Él es dueño de una tienda, vive en arriendo y se quedó en Cali por salud. Todos los días, desde hace dos años, es sometido a diálisis, a la espera de un trasplante de riñón que quien sabe cuándo suceda. La diálisis se la hacen en la Clínica Colombia, a través de un catéter que, de manera concertada con los médicos, se quitó para practicársela en el brazo. Con la cánula, su cotidianidad se fue afectando con el tiempo, cada vez más Néstor notaba un impedimento en sus actividades más básicas: bañarse, vestirse, cocinar, dormir, incluso dar un abrazo. Así que la diálisis en el brazo era sin duda la mejor alternativa que tenía. Y eso hizo. Hace dos meses, una de las enfermeras al parecer puso mal la aguja, lo que le generó una inflamación severa, el más grande de los hematomas. Ahora tiene el brazo casi inmóvil, por lo que su autonomía es aún más reducida. Ahora la incomodidad se convirtió en dolor, se viste de manga larga para protegerse y acaba de resignarse a vivir con ese trauma -físico y emocional- lo que la vida le dé. Ni el dinero, menos su cuerpo, le dan para embarcarse en la difícil travesía que propone el sistema de salud colombiano, en especial para quienes más lo necesitan. Todo, por un simpe, evitable y corregible error médico. La Clínica Colombia le dio las órdenes a Néstor para que las autorizara ante Emssanar, la EPS a la que está afiliado, y se realizara varios exámenes, entre ellos una Ecografía Doppler, y proceder a extirpar la bola. Después de ponerlo a voltear con papeles, trámites, copias, historiales clínicos, llamadas, transportes de un lado a otro, le dijeron que no, porque la EPS considera que una inflamación no afecta ni pone en riesgo su vida. Y sobre esa “inflamación” debe ahora recibir su diálisis. No quiere ni puede desgastarse más. No hay derecho. No hay razón. El de Néstor es un ínfimo caso de los que a diario transcurren. Ojalá todos pudieran visibilizarse. La salud en Colombia se ha deshumanizado y resulta indispensable que el tema se trate con suma rigurosidad. Cómo no apostarle a un régimen de salud que no excluya a nadie, que sea único; que opere de forma diligente y transparente; que la gente lo conozca y sobre todo lo entienda; uno al que no se dedique sólo a atender enfermedades, sino que le apuesta a prevenirlas. Claramente no funciona un sistema que sólo afecta a una parte de la población, una que no pareciera tener quien defienda su necesidad más básica: la salud. ¿Será mucho pedir?

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