Sabaletas

Abril 05, 2013 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Buenaventura es el principal puerto sobre el Pacífico, el más importante de Colombia. Logra cosas grandes, grandísimas, y también se hace sentir. Eso no lo dudo. Al menos en los últimos años, ha demostrado con experticia ser líder en pobreza, masacres, torturas, desapariciones, violencia sexual y toda clase de ilegalidad. De forma muy acertada lo expresó monseñor Héctor Epalza cuando dijo que Buenaventura se convirtió en la patria del miedo.Además de ese Municipio, las poblaciones y veredas aledañas se han visto inmersas en un viacrucis diario, invivible, en el que deben lidiar con la inhumana situación producto no sólo del conflicto armado y las bandas criminales, también de la explotación minera, los kilómetros de carretera sin terminar y la ingobernabilidad. Los habitantes de esta zona del país no se han acostumbrado a existir entre el desasosiego y el dolor constantes; pero sí se han acostumbrado (incluidos quienes vemos la situación desde afuera) a que sólo se les voltee a mirar en campaña, durante elecciones, donde a dirigentes y candidatos se les hace agua la boca con propuestas que jamás son ejecutadas. Pero en el olvido vuelve y queda, desangrándose poco a poco. Aunque la realidad es oscura y el futuro incierto, existen lugares que poco a poco avanzan en la construcción de confianza y en la búsqueda de arraigo y pertenencia de sus comunidades. Veredas como Sabaletas -nombrada así por los esclavos que escaparon de los colonos en honor al zabaletas, el pez que habita en ese río- se convierten en una porción de paraíso, en una especie de oasis en medio de ese Pacífico borrado.Vivir Sabaletas es una aventura tan extraordinaria como la de Pi. La carretera que conduce a ella está abrazada por una selva tropical de árboles grandes, plantas frondosas, frutas silvestres y una fauna exuberante. Es un mundo que parece haberse suspendido en el tiempo, en donde prima lo artesanal. La canoa, construida por los mismos pobladores, es su medio de transporte y carga; la ‘katanga’, una trampa hecha con maderas y vegetales del bosque, sirve para atrapar pescados y munchillás. Hay energía eléctrica y están trabajando en las redes de acueducto y alcantarillado. Los habitantes son pocos, todos se conocen con todos, son solidarios entre ellos, generosos con el visitante y le muestran con orgullo esas aguas cristalinas que protegen con gran responsabilidad y compromiso. Saben que el río les da todo para vivir. Un privilegio contar con lugares mágicos como Sabaletas. Es un juego a los sentidos nadar corriente arriba, en las piscinas naturales, tirarse con neumático, caretear en los bajos, bañarse en las cascadas, tirarse de las piedras, comer lo típico y dormir en hamaca.La lucha de estos moradores es sana, busca proteger su territorio y resignificarlo. Y todos debemos colaborar con ello. Desde el 2009 la MAPP/OEA viene realizando un acompañamiento con la comunidad de Sabaletas en el que, por medio de un trabajo de registro fotográfico, busca recuperar la memoria histórica de la población. Han logrado recoger historias, rescatar tradiciones y vocaciones ancestrales, sanar heridas, darle sentido a la vida comunitaria, conscientes de que aún les falta mucho por aprender y valorar.Dicen apartes de algunas coplas hechas por nativos: Los turistas que aquí vienen a deleitar nuestro vivir, del agua de nuestro río ya no se quieren ir/Los sabaleteños tenemos grandes sueños y emociones por montón, por eso hemos aguantado bastante revolcón/Salimos desplazados una vez no queremos otra vez porque somos colombianos y queremos renacer. ¿Cuál es el verdadero compromiso de los próximos gobernantes y representantes del Valle con esta región? El país no aguanta tanta involución.

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