Río Cali

Septiembre 19, 2014 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Escuchaba a mis abuelos hace poco rememorar con sus más queridos amigos sus experiencias y anécdotas de juventud en el río Cali. Hablaban y sonreían entre ellos ante cada aventura que, casi con la picardía de aquel entonces, confesaron haber vivido en ese afluente -cuando lo era-, uno que, al oírlos hablar, sin duda da muestras de haber sido testigo de varias historias e inspiración de otras tantas más.“No es ni sombra de lo que era hace 60 o 70 años atrás”, dicen ahora con nostalgia. El río Cali, a la altura de cualquier orilla, era punto de encuentro de familias y amigos. Todos los fines de semana y la mayor parte de sus vacaciones las pasaban ahí. Unos arrumazaban piedras para hacer cascadas, otros, como ellos dicen, simplemente chapoteaban. También había quienes preferían pararse debajo del Puente Ortiz a ver las sabaletas saltar o a disfrutar de la cadencia de sus aguas. Los jóvenes, los más osados, esos que simulaban un vestido de baño con un “rabo e’ gallo” (una especie de taparrabo hecho con pitas y pañuelos rojos), se volaban del colegio y se citaban en alguno de los charcos para tirarse de los barrancos. El Charco del Burro era el preferido, pues ahí el río Cali daba una profusa curva que formaba un remanso perfecto para saltar y nadar. Cuentan que recibió su nombre porque un asno se cayó de aquella cañada de más de diez metros de altura. Era también un río caudaloso, profundo, de aguas cristalinas, puras, esas que ni siquiera en los ingentes veranos se escaseaba. Los espacios alrededor del río más importante de la ciudad, además, permanecían impecables. Existía con gran arraigo una noción intrínseca en cada habitante de protegerlo y preservarlo. De eso, tristemente, sólo quedan los recuerdos en la memoria y en las fotos ya roídas. Todo, inevitablemente, se transformó. Con seguridad producto de la actividad atropelladora de la ciudad y de sus habitantes, que se fue gestando con el pasar del tiempo, en donde la conservación de los ecosistemas estuvo lejos de toda concepción. El hombre los fue remodelando a su antojo, a su beneficio, y por eso el río Cali, entre tantos más, hoy agoniza. Lo que resulta una paradoja porque el Valle, sobre todo Cali, es privilegiado por la “abundancia” de este recurso. Lo más triste es que lo que padece hoy el río Cali no es más que el reflejo de una sociedad inconsciente, de la falta de coordinación de las entidades y autoridades municipales, de los requerimientos de unos y los intereses de otros. Pero más grave aún, es principalmente producto de la desidia de la comunidad ante los temas sobre medio ambiente. Basta sólo ver cómo desde su nacimiento en el Parque Nacional Natural Los Farallones sufre de contaminación por minería y deforestación; y cómo, a su paso por Cali, recibe desechos humanos, basuras, escombros, aguas residuales que, todas juntas, enturbian el líquido y desprenden olores fétidos. Luego, más que converger, agoniza en el otro moribundo río Cauca. Interesante, profundo y oportuno el trabajo de investigación publicado en el portal web de este periódico. Este especial multimedia, titulado “Cali, ¿un sueño atravesado por un río?”, llega hasta su corazón y nos muestra cómo aún hay vida, hay agua pura; al tiempo que simboliza un llamado a sensibilizarnos con la necesidad de preservar -ya- lo que queda de ella. Todos tenemos una deuda grande y debemos resarcirnos. De ello depende no sólo nuestra calidad de vida sino nuestra supervivencia.

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