¿Qué pasa ahí?

¿Qué pasa ahí?

Febrero 11, 2011 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Un domingo cualquiera, soleado, una familia disfrutaba de la piscina de su casa campestre en el Callejón Pilarica, en Pance. Era temprano. En cuestión de segundos, los padres notaron la presencia de una niña, que desprevenida miraba con fijación el juego de sus dos pequeños hijos. Sin espantarla, se acercaron para ver quién era y qué necesitaba. Sin duda, la niña estaba motivada con la presencia de otras personas de su edad, así que mientras llegaban a buscarla, le ofrecieron algo de comer y no vieron inconveniente en que jugara un rato.Su presencia resultó un poco inquietante. No era para menos. Tenía la cara pelada y magullados los tobillos y las muñecas, como si hubiese permanecido amarrada. Lucía aretes improvisados de un palo tallado en madera. De ella poco se sabía, sólo que se mostraba amorosa, un tanto hiperactiva, sufría del síndrome de Tourette (repetición de palabras y frases), tenía alrededor de 8 años y respondía al nombre de Íngrid.Cuatro horas pasaron. Nadie llegó a recogerla ni ella se preocupó por regresar. Atando cabos, la familia revivió un episodio que se había vuelto recurrente: desde hacía algún tiempo se oían llantos y gemidos desde la casa del lado, en especial durante las primeras horas del día. El descontrol de un grupo de niños y el agudo sonido de un chorro denotaba que estaban siendo bañados a la intemperie. Una situación angustiosa que preocupó a algunos vecinos del sector. ¿Qué pasa ahí?, es la eterna interrogante.Junto a unos policías del CAI de La María, quienes confirmaron que aquellas cicatrices eran señales de maltrato, timbraron en la casa, que no tenía ninguna clase de identificación y que por sus altos muros y abultada flora parecía más un fortín (¿cómo habrá saltado Íngrid?). La historia clínica de la niña detallaba que se autoagredía y los archivos de los demás ocupantes, entre los 1 y 30 años, decían que sufrían de deficiencias o limitaciones físicas. Aunque la documentación del lugar estaba en orden, el recinto era muy pequeño para tanta gente y no se caracterizaba precisamente por su impecabilidad e higiene. Otro domingo, unas semanas después, la familia regresó a visitar a Íngrid, pero bajo el argumento de que necesitaban una autorización del Icbf, que supervisaba ese centro, no los dejaron entrar. Siguiendo el trámite ordinario, se hizo un reporte a la línea gratuita de esta entidad solicitando un sencillo seguimiento al lugar. Casi un año después del incidente, llamé a ver qué arrojó la investigación. ¿La respuesta? Ni información nueva ni avances del caso. ¿Qué pasa ahí?, me pregunto.La situación de niños abandonados en Colombia es, a todas luces, preocupante. Un estudio de la Universidad Nacional y SOS Aldeas Infantiles revela que más de 750.000 niños padecen de este flagelo social y que el país ocupa el sexto lugar en América Latina. Estas cifras demuestran la necesidad de mejorar la situación, aplicar mejores esfuerzos en la vigilancia y control, utilizar de manera eficiente los recursos y, sobre todo, ofrecer soluciones inmediatas. La niñez es prioritaria, más para quienes estamos convencidos de que una nación debe resolver los problemas de esta índole si quiere ser sólida y triunfante en su lucha por alcanzar el verdadero desarrollo.***Paréntesis: Helenita Vargas es orgullosamente un gran crédito caleño. Los jóvenes también seguiremos rindiéndole homenaje con su música y unos buenos tragos.

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