Peatones sin ley

Agosto 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Algo para resaltar ahora que Cali está cambiando de cara, es su propósito –por ahora muy bien logrado- de recuperar, adecuar y construir una ciudad con más espacios para la gente, propicios para el disfrute y seguridad de todos sus peatones. Fue algo que siempre se pidió y ahora que lo vamos logrando, los sitios para el caminante habitual parecen ser concebidos más como un adorno que como una necesidad. Preocupa que con el paso del tiempo, en vez de reducirse, aumenta el caos de personas que, como animales, se mueven a pie por la ciudad. Casi como una estampida se ve gente bajándose de los vehículos donde no hay paradero o en la mitad de la calle, también zigzagueando entre los carros, ignorando el semáforo peatonal o saltando entre sardineles. Somos tan salvajes, que ni las rejas, las púas ni las barreras nos quitan la fatiga de caminar unos metros más para usar un puente o una cebra. Hay estudios que demuestran que un transeúnte se toma más tiempo debatiendo pasar por una calle, correr y esquivar carros, que caminar hasta un cruce permitido, atravesarlo y llegar al otro lado. Así tenga las zancadas de Catherine Ibargüen, no es un riesgo que debe tomarse y las consecuencias que trae son tan reprochables como las de cualquier otro accidente de tránsito generado por imprudencia. Hace unas semanas conocí de cerca el caso de un joven de 16 años que, por física pereza de caminar un par de cuadras hasta el cruce de un semáforo –qué curioso, iba para el gimnasio-, decidió atravesarse la Autopista Suroriental, a la altura de la salida a Juanchito. Eran las ocho de la mañana y pasó desprevenido; tanto, que no oyó la sirena de una ambulancia que se acercaba –a unos excesivos 120 kilómetros por hora, cabe anotar- y lo arrolló varios metros. Aunque el paramédico creyó que lo había matado, porque el vehículo quedó destruido, por fortuna sobrevivió para contarlo. Casi como un milagro, Andrés no sufrió fracturas ni hemorragias, sólo unos golpes, algunas heridas leves y parte de su dentadura la perdió. Ahora está en un costoso y largo proceso de recuperación. Mucho más demorado que haber caminado unos pasos más. Este hecho representa una lección enorme para él y a nosotros nos recuerda, una vez más, que la seguridad y la vida son más importantes que la comodidad y que, así pasar una calle sea una acción tan simple, sin duda implica responsabilidades que debemos cumplir. El peatón ha sido relegado y casi olvidado, no sólo por parte de las autoridades sino, más grave aún, por la misma ciudadanía. Ambos negligentes y desinteresados. Es como si se nos olvidara que absolutamente todos somos peatones en algún momento de la vida. En Cali, la irresponsabilidad del transeúnte constituye una de las principales causas de mortalidad. Es un problema social que no muestra pronta solución. El Código Nacional de Tránsito destina una parte a las obligaciones que tenemos como caminantes de la vía pública y establece sanciones económicas para quienes las violen. Pero como suele pasar, estas disposiciones no se han aplicado y son letra muerta. Que yo sepa, no existe un ciudadano a quien le hayan impartido una multa peatonal.Y como el nuestro es un serio problema cultural, de ese civismo que ostentamos de vez en cuando, necesitamos que, como animales, nos guíen y nos endurezcan las normas a quienes transitamos caminando por las vías públicas. Me pregunto por qué el señor Secretario de Tránsito, con lo intenso, estricto y diligente que ha sido para organizar a los conductores, no ha sido igual de incisivo con el peatón. Ni ustedes como autoridad competente ni nosotros como ciudadanos podemos pasárnosla evadiendo responsabilidades y delegándole la culpa a los demás. El caos tiene que disminuir.

VER COMENTARIOS
Columnistas