Mundial milagroso

Mundial milagroso

Julio 11, 2014 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

La Selección Colombia regresó a casa con todos los méritos. El de Brasil 2014 fue un mundial que vivimos con intensidad, con fervor, un sueño que se materializó después de muchos años de ausencia y que demostró superar esas épocas del fútbol permeadas por la rosca, el dinero fácil, el narcotráfico y, sobre todo, suprimió la frustración. Los 23 deportistas exhibieron el mejor juego del campeonato, tuvieron presentaciones sobresalientes, nos alimentaron de alegría y nos nutrieron de orgullo. Su historia en este mundial concluyó con dignidad y, por lo tanto, el sentimiento que generaron no se queda ni se acaba en la cancha el día en que quedamos eliminados. Los guerreros patrios recuperaron la confianza de la afición. Los aplausos y los reconocimientos que rebosan por estos días confirman que definitivamente tanta espera valió la pena. Lo que sí es claro es que al menos este mundial ha sido milagroso. Lo que vivió Colombia justifica apelar a ese calificativo. Debo confesar que me encantó ver y sentir a todo un país enardecido con cada partido. No pocos hemos perdido la noción del tiempo por enfocar la atención en la emoción que cada encuentro nos despierta; no pocos hemos sentido el vacío de un día sin partido; y no pocos incluso hemos pensado en el hueco que quedará después del pitazo final el próximo 13 de julio. Depresión postmundial, dicen por ahí.Milagroso porque como pocas veces sucede, la Selección nos enamoró hasta el punto de hacernos sentir parte de un mismo equipo, de un mismo país. Vestirnos todos de amarillo dejó de lado la indiferencia, la polarización, la exclusión y nos unió en un solo grito. Milagroso porque esta fiesta mundialista nos dio un respiro en medio de tantas adversidades sociales, de tantas desfachateces y algarabía política. Hasta los mensajes y trinos durante este mes cambiaron a un tono más propositivo y amable. Milagroso porque nuestros jugadores, con muchísimo coraje y preparación, cambiaron la historia y remozaron la imagen del país ante los ojos del mundo; además de enaltecer, dentro de nuestras mismas fronteras, a esa Colombia que crece en silencio pero que cuenta con los valores que la hacen lo que verdaderamente es y que poco vemos: una nación de talentos. Milagroso porque, gracias a las destrezas con un balón, lo que disfrutamos con la participación de Colombia en Brasil 2014 vale más que una copa. Este equipo no sólo se llevó nuestro corazón y nos lo devolvió engrandecido, también nos enseñó que definitivamente hay formas sanas de vivir la pasión. Los triunfos de esta selección tienen un mismo apellido: Pékerman. Este argentino le dio paso a una nueva generación que se encargó de regresar la identidad y la magia que el fútbol había perdido. Acostumbrados por tantos años a la derrota, se propuso, como factor esencial, cambiar la mentalidad de sus futbolistas. Los disciplinó, esgrimió una estrategia basada en la creatividad y la serenidad, logró que cada uno tuviera un papel protagónico en la cancha, les inculcó el respeto por el rival, les enseñó a mantener una buena actitud –la misma- frente a los triunfos y a las derrotas, y más importante aún, nos permitió, a ellos y a nosotros, soñar y creer. Loable.Más allá de lo resultados, las lecciones del técnico denotan un liderazgo ejemplar, uno del que el país entero debiera contagiarse. Sus lágrimas, señor Pékerman, las de alegría y las de tristeza, fueron también las mías. La Selección Colombia llegó muy lejos y aunque debe seguir puliéndose y no conformarse con lo obtenido, lo cierto es que tenemos un presente en el fútbol que hay aplaudir y, sobre todo, un futuro promisorio que, ojalá pronto, deje de ser tan esquivo.

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