Más de lo mismo

Más de lo mismo

Febrero 08, 2013 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Empieza a prepararse el terreno para las elecciones al Congreso en 2014 y dan náuseas. Con intensidad se habla cada vez más de partidos, votos y listas; de alianzas, banderas y padrinos. Un ambiente predecible ante un panorama predecible es lo que indispone y ratifica esa desconfianza en la política que se ‘ejerce’ en Colombia. La última encuesta de la firma Cifras y Conceptos revela que sólo el 36% de colombianos confía en el ‘honorable’ órgano legislativo. Número cada vez menor cuando entendemos y decidimos no hacer parte de una ‘corruptocracia’ maquillada de democracia, que a la fuerza nos quieren meter.No concebimos la política como un espacio de poder privilegiado para servir a los demás. Tampoco que ocupar una curul es un honor y no una carrera para atornillarse de por vida; que es más importante el deber cumplido y a cabalidad que las ansias de un sueño económico; que se debe enriquecer a la Nación y no a sí mismo; que el orgullo no está en aprovecharse por ser jefe, sino en convertirse en el mejor servidor del pueblo; que se trabaja con lo que se tiene y no con falsas promesas. En un país como el nuestro, con infinitos problemas de desarrollo, donde las oportunidades de acceso a educación, trabajo y salud son pocas y en el que la población se desplaza y desangra por culpa del conflicto, es incongruente que los congresistas reciban sueldos exorbitantes y pensiones millonarias. Una mayoría de ‘honorables’ representantes y senadores, por no descalificar a los pocos que sí le meten las vísceras como debe ser, son mal ejemplo para Colombia, que lucha incansablemente por combatir la descomposición y la desigualdad social. Esa que desde el recinto del Congreso se supone deben garantizar. El colombiano está de alguna forma indefenso y estos personajes no responden a las necesidades ni realidades de la sociedad. No hay verdaderos líderes, menos representantes de un bien común. Un funcionario público se debe al pueblo y como tal debe dar ejemplo. ¿Por qué garantizarle a un político, de nuestro bolsillo, una vida que ni nosotros mismos podemos darnos? Me contaba mi abuelo que la política era privilegio de unos pocos, una labor desinteresada, sin mañas; un oficio complejo pero loable, que requería de vocación pura. Se hace más con menos y mucho más cuando no se espera nada a cambio. En cuatro años como concejal de Jamundí, desde 1964, se ejecutaron las obras cardinales para el desarrollo de una comunidad: las redes de energía eléctrica, el Hospital Piloto y el bachillerato. Este cargo era por nombramiento y sin remuneración o beneficio alguno.En Suecia, desde los 90, la clase política no tiene derecho a lujos ni privilegios. Durante la semana de sesiones parlamentarias en Estocolmo, el Gobierno les habilita a los diputados federales apartamentos de 40 metros cuadrados, con un cuarto que sirve de sala y habitación que ellos mismos deben arreglar, pues no tienen empleadas de servicio y la lavandería es compartida. Tampoco les asignan un chofer o una secretaria y los gastos los asumen ellos mismos.Un par de ejemplos sencillos que recuerdan la importancia de volver a lo básico y la necesidad de volver a tejer la democracia que nos corresponde por derecho. Para poder profesarla hay que vivirla. Ahora, ¿a costa de qué darles, de nuestro bolsillo, una pensión que nosotros no vamos a tener jamás? Qué bueno que tuvieran que contribuir a su propia Seguridad Social y a su plan de jubilación, como cualquier ciudadano del común. El día que les toquen los bolsillos a los congresistas será posible hablar de igualdad. Ojalá en marzo la Corte falle a favor de los $56.000 millones que se ahorraría el Estado y que podrían distribuirse, equitativamente y con mayor interés, entre las clases menos favorecidas. Por eso, partiendo de lo básico, hay que tener cuidado por quien votamos y no dejarse permear por tanto lagarto y tanta basura electoral.

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