Macetas

Macetas

Junio 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Según el diccionario de la RAE, una maceta es un “recipiente de barro cocido, de madera pintada, de plata u otro metal, que suele tener un agujero en la parte inferior y que, lleno de tierra, sirve para criar plantas”. Pero esta definición, quizás para el mundo en general bastante escueta, denota un significado totalmente distinto para los vallecaucanos. Para quienes hemos nacido en esta tierra, esta palabra evoca una de nuestras más dulces y deliciosas tradiciones, símbolo del Día de los Ahijados, que además sólo nosotros celebramos. Rememora, la maceta, nuestra historia, nuestra cultura e idiosincrasia, nuestro arte popular.Como no pocas familias en el Valle, en la mía siempre estuvieron presentes las macetas -aún lo están, sin importar la edad del ahijado. Y cada 29 de junio que recibo una, se avivan las más gratas memorias de infancia, esas que uno quiere que nunca se desdibujen de la mente -ni de la boca. Entonces recuerdo la ilusión con la que esperaba la llegada de ese día, cuando en mis brazos aterrizaba una maceta más grande que yo. Era un día feliz, uno en el que los padres nos permitían comer dulce sin restricción. Y a nosotros no nos alcanzaba el tiempo para comérnoslos todos. Chupábamos el dulce hasta llegar a desprenderle el chicle, que hacía las veces de ojos o de botones de algún muñeco; los pedazos que iban sobrando se guardaban en la nevera para “más tarde”; y la piña la dejábamos para el final por ser la más grande. Aunque las advertencias de un empacho inminente estaban dadas, asumíamos con alegría el coma diabético del que sin duda padecíamos.También recuerdo que mis abuelos nos contaban sus anécdotas y cómo antaño disfrutaban de las macetas. Inventaban juegos para escoger una de las piezas de la de otro o salían a fanfarronear y a “correrlas” por las calles de San Antonio para girar el ringlete y sentir que volaban. Nosotros hacíamos lo propio. Construíamos barcos para la acequia con la base de maguey y los banderines; usábamos como extensiones de pelo los papelillos de colores; y el que tuviera la maceta más grande rifaba uno de sus dulces (menos la piña). El trabajo detrás de cada maceta era quizás lo más valioso, de ahí que ir a la casa de la familia Otero, en San Antonio, se convirtió en visita obligada durante muchos años. Ese lugar, con portones, amplias ventanas y solares, era –y sigue siendo- la mejor vitrina para conocer el trabajo artesanal de estos maceteros. Era mágico ver cómo usaban piedras de río para moldear la masa, cómo aplanaban el alfeñique sobre una mesa cubierta con una sábana espolvoreada de harina o la laboriosidad que le imprimían a cada entorchado o figura; pero aún más mágico era sentir el dulce recién hecho, caliente, derretirse en la boca.Aunque no se sabe con exactitud, dicen historiadores que esta tradición nació hace casi un siglo, cuando Dorotea Sánchez, una cocinera muy pobre, no tenía qué darles a sus hijos Pedro y Juan Pablo para su cumpleaños, un 29 de junio. En su cocina sólo quedaba azúcar y como una epifanía, llegó una mujer que le enseñó que, mezclada con agua, lograría una masa blanca y moldeable. Eso hizo Dorotea y hoy la tradición de las macetas es patrimonio Inmaterial de la Nación. De ahí que no sólo sea una de esas actividades que, generación tras generación, vale la pena descubrir, disfrutar y saborear; sino que se hace necesario seguir conservando la esencia –intacta- de una celebración que es inherente a nuestra cultura y a nuestra identidad como vallecaucanos. ***Paréntesis: Por favor, no más macetas con imágenes de Barbie, Messi, Mickey Mouse o Pablo Escobar. Tampoco esas que vienen más cargadas de recortes de periódicos, pitos y calcomanías que de dulce. Su debatida y cuestionada ‘modernización’ no son más que un atentado a nuestra tradición.

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