Las cosas como son

Agosto 27, 2010 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

El debate que hoy se vive sobre la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo es quizás uno de los más agitados y, sin decirnos mentiras, tiene inquieto a más de uno el hecho de que en Colombia pueda existir siquiera esa posibilidad -una posibilidad, por cierto, un tanto vaga y remota. De un lado están los de la comunidad Lgtb, que representan una inmensa y significativa minoría, que exige derechos, beneficios y calidad de vida. Una simple cuestión de igualdad ante la ley. De otro lado, se antepone el ojo celoso, escéptico y querellante de una parte de la ciudadanía y la Iglesia Católica, que argumentan que este tipo de unión es inviable, casi abominable, porque es un pecado, no permite la procreación -según ellos, parte esencial de un matrimonio- y, además, un error de la naturaleza que puede ser corregido. “No se puede corregir a la naturaleza, palo que nace doblao jamás su tronco endereza (…)”, confirmó Willie Colón, pero el simbolismo de la canción se perdió entre pasos y vueltas. El compromiso más valioso de una persona con la vida misma es ser feliz y en busca de esa plenitud el hombre esgrime su entorno, vive sus circunstancias y toma decisiones, independientemente de su inclinación sexual. Hace parte del instinto, de esa naturaleza que es inherente al ser humano y que no permite, por su misma naturalidad, ser escogida ni mucho menos regateada. Hinchamos el pecho diciendo que somos incluyentes, pero en realidad no nos estamos reconociendo los unos a los otros. El sustento evangélico que nos provee la Biblia, por ejemplo, lo estamos tomando de manera fundamentalista. Nos hemos quedado en un concepto de hombre y de familia muy tradicional, casi utópico. Allí nos hemos estancado. Y por el contrario, nos hemos olvidado de que vivimos en un universo que se creó con diversas culturas, razas y también formas diferentes de vivir la sexualidad. Por eso, resulta importante que seamos coherentes en esa constante lucha por la justicia y la igualdad. ¿En qué momento nos creemos con el derecho de coartar las libertades de cada persona? ¿De apartar y estigmatizar a quienes viven en otras corrientes de vida?La idiosincrasia colombiana, en ocasiones, es cómoda y facilista. Estamos tan ensimismados y pendientes de las habladurías, que la mente se apereza de tal forma que no concibe una mínima variación. ¡Se nos vuelve un caos!Refunfuñemos o no, el homosexualismo es una realidad. Qué sensato sería comprender que la sociedad progresa y, como ciudadanos, tenemos un compromiso con ese avance: la superación de las brechas discriminatorias contra este sector de la población. Avalar esta propuesta depende del visto bueno de la Corte Constitucional; mientras tanto, me pregunto si existen razones suficientes que justifiquen privar a estas parejas de la protección que ofrece el sistema jurídico colombiano. La familia es esa esencia y sentimiento que se construye con el tiempo, acompaña a edificar las bases, garantiza funcionalidad, transmite los valores de la forma más sincera. Es una labor que se vive y se dignifica sin tener en cuenta la orientación sexual de las parejas. De nuevo la naturaleza, que es sabia y sabe cómo hace sus cosas.La legalización del matrimonio entre parejas homosexuales en Argentina -primer país latinoamericano en hacerlo- y varios estados de México durante los últimos meses, ha abierto un poco la perspectiva y nos deja entrever que varios países más también adoptarán la medida más pronto de los que muchos creen. Lo que sucede en Colombia es que esa mentalidad tercermundista de la que nos negamos a salir, es la que la tiene enferma e inmersa en una inquisidora doble moral.

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