La vida en moto

Abril 17, 2015 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Muchos me tildaron de loca y otros más sintieron envidia cuando les dije que viajaría a Santa Marta en moto. Asumo el calificativo pero, en mi defensa, mi locura es la suficiente para conservar el compromiso y la responsabilidad que implica andar sobre dos ruedas. Es una locura casi lúcida, que permite sollarse al máximo cada ruta. Andar en moto nunca estuvo presente en mi lista de cosas pendientes por hacer, pero comparto la vida con una persona que encuentra en ellas, más que un hobbie o un medio de transporte, una forma de vida. Así que bastó un primer recorrido para entender la magia detrás de la adrenalina que produce una moto, la misma que genera comprender todo desde otra perspectiva. Y aunque ese primer viaje fue corto, supe que serían los primeros de muchos kilómetros por recorrer. Imbuida de un romántico -pero consiente- espíritu aventurero, me puse mi atuendo. Lo hice despacio y en silencio, como parte de ese ritual del motero que nos recuerda el respeto ante una actividad que a todas luces nos hace más vulnerables. Lo propio hizo el grupo de amigos con los que viajamos. En tres motos de alto cilindraje, al amanecer, dejamos atrás nuestro exuberante y fértil Valle del Cauca. Y con la misma fervorosidad y determinación con la que el Che Guevara y Alberto Granado empezaron su travesía para descubrir América Latina, así emprendí yo la mía. Santa Marta era donde más lejos había llegado, suponía mi mayor aventura y significaba recorrer -casi conquistar- la mitad del mundo.De ida, nuestra primera parada fue en Santa Rosa de Osos. Lo hicimos por la carretera a Manizales, bordeamos el Cañón de Pipintá (que dejaba ver un caudaloso Río Cauca), pasamos por La Pintada y Medellín, hasta llegar a ese pequeño y bello municipio antioqueño, ubicado en el corazón de la Cordillera Central, a 2.700 metros de altura. Al día siguiente, en medio de una densa neblina, tomamos la ruta a Yarumal para subir el Alto de Ventanas, una zona curvilínea y frondosa, que pronto se desvaneció, cuando nuestro paso por Caucasia, Montería, Sincelejo y Carmen de Bolívar nos propuso una tierra ganadera, plana y calurosa. Una vez pasamos el Puente Pumarejo, sobre el Río Magdalena, atravesamos Ciénaga, sorteando azarosos vientos que se reivindicaron al llegar a Santa Marta.Al regreso tomamos la Ruta del Sol por el Magdalena Medio, pasando por Bosconia, Aguachica, Puerto Boyacá y La Dorada, donde nos desviamos para dormir en Mariquita, Tolima. Salimos por la ruta a Ibagué, subimos La Línea y nos recibió Armenia, que sería el abrebocas para nuestra llegada a ese mismo imponente Valle del Cauca que ocho días antes nos vio partir. Un total de 2.500 kilómetros recorridos. ¿Cansancio? Todo. Y peladuras y llagas y olores. Pero eso se olvida con la satisfacción y la gratitud de volver a casa. Se entiende la gracia y la simplicidad de viajar en moto sólo al montarla. La ruta emociona y definitivamente da la mayor sensación de libertad, como lo debe ser la vida misma. ¡Libre! El ronroneo del motor, los movimientos precisos y la cadencia en cada curva seducen. Es como si voláramos bajito. Es también un recorrido de mucha introspección, en el que el silencio definitivamente no incomoda. Uno observa todo, casi se devora el paisaje, y los sentidos se agudizan, se afinan, por el simple hecho de estar, literalmente, sumergido en la naturaleza. Nada, absolutamente nada del panorama resulta monótono. El objetivo no es llegar, es disfrutar el viaje sin afanes, sin nervios, abriendo la mente y entrando en contacto con el mundo real. Todo esto, en medio de una camaradería que sólo la conocen quiénes andan en moto. Y entonces uno entiende lo que significa vivir la vida sobre ella.

VER COMENTARIOS
Columnistas