La guerra que no hemos visto

La guerra que no hemos visto

Marzo 25, 2011 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Desde hace más de 40 años, los grupos armados ilegales se han dedicado a desangrar al país. Gota a gota. El miedo infundido ha atentado contra la vida y dignidad de millones de colombianos, que atentos miran cómo la esencia de la sociedad se va desmoronando. Para un guerrillero, un paramilitar o un miembro del Ejército Nacional, la misma guerra tiene diferentes razones de ser, diversas formas de sentirla, enfrentarla y justificarla. Pero sus subjetivas visiones, lejos de ser categorizadas, deben ser percibidas como un conjunto y parte esencial, de nuevo, de una misma realidad. “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”, decía el escritor checo Milán Kundera. Resulta inocultable que, a lo largo de este tiempo, nos hemos dedicado a escuchar sólo unas voces, a buscar testimonios en actores seleccionados, a desechar versiones a conveniencia, a silenciar a los que creemos que no tienen la razón. Pero no consideramos, ni mucho menos valoramos, que todas y cada una de esas experiencias personales, asumidas desde distintos frentes, tienen un trasfondo substancial para encajar las piezas de ese rompecabezas que ha sido nuestra historia. Por eso, cuestiono un poco ese lema de que la verdad es sólo una.En una pertinente iniciativa simbólica de reconocimiento de la integridad y verdad de cada actor, el artista paisa Juan Manuel Echavarría está presentando en La Tertulia la exposición ‘La guerra que no hemos visto’. La muestra, que no deben dejar de visitar, es el resultado de un taller realizado en conjunto con la Fundación Puntos de Encuentro, en donde a través de una serie de pinturas dibujadas por los miembros de los grupos e institución antes mencionados, el artista ‘humaniza’ un poco las versiones de la guerra, contribuyendo a su catarsis y revelando una posición cultural propia y marcada en cada uno de ellos. Estos ex combatientes dejan ver con regio talento artístico –unos más detallistas que otros- sus experiencias en medio del secuestro, del desplazamiento forzado, de la crueldad de sus acciones, de sus asonadas, de sus estrategias, de sus relaciones, de su cotidianidad. Estas pinturas deben ser sacadas a la luz pública para que se conozca un lado más complejo de la historia, una versión -también verdadera- que compromete la responsabilidad de unos y otros. No son más que reflejo de nuestra realidad, de estos tiempos violentos y rojos que tristemente hacen parte de la memoria histórica de los colombianos. Sólo conociéndola, podremos remembrar, generar debate, dignificar la memoria de los caídos, reconstruir el tejido social, luchar contra la impunidad y, más importante aún, nos recuerda que el rol de la sociedad civil no puede ser de espectador pasivo ante los hechos. La memoria hay que hurgarla y no la podemos matar, pues privilegiadamente es la única que podemos preservar para no estar condenados a repetir los mismos errores.***Paréntesis: El terremoto y posterior tsunami en Japón nos recuerda la necesidad de tomar precauciones y estar preparados en la eventualidad de algún desastre natural, del cual no estamos exentos. Los japoneses han sido total muestra de entereza, dignidad y paciencia. Su fortaleza, su esperanza, las ganas de reconstruir su esencia, que es su comunidad, y el patriotismo nacional que creció aún más con la tragedia, es todo un ejemplo para Colombia, que necesita, a gritos, que estas actitudes se aprendan y se desarrollen, siquiera, en su más mínima expresión.

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