Historia de taxi

Octubre 08, 2010 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Siempre he tenido la convicción de que las cosas en la vida pasan por algo. No importa si son vivencias, personas o lugares. Más allá de las casualidades, esos instantes en donde el entorno se desenvuelve con espontaneidad tienen como fin último exponernos un mensaje para que sea tomado –o no- de la forma en que mejor consideremos. Era un viernes por la tarde cuando aterricé en Bogotá. En medio de un frío que calaba los huesos y un diluvio torrencial, hice la fila para tomar el taxi. Cuando llegó mi turno, monté mi equipaje tan rápido como pude y el conductor, un señor de unos 70 y pico de años y con una notoria artritis, me advirtió que el trayecto hasta mi destino podría tardar unas dos horas, teniendo en cuenta las interminables obras de la calle 26 y el colapso vehicular en medio de un pico y placa que poco soluciona. Lo creí imposible, pero emprendimos la carrera. Definitivamente, más sabe el diablo por viejo que por diablo.Luego de una buena dosis de paciencia y una hora de recorrido –hasta ahora el pronóstico iba tomando su cauce-, don Roberto empezó a hablarme de una de sus hijas, Beatriz. Ella era la mayor de seis hermanos y un buen día, luego de diez años en Suiza rehaciendo su vida, regresó a la capital en busca de sus dos hijos. Justo después de organizar con su ex pareja el papeleo necesario para los permisos de salida, prendió un cigarrillo, sin contar con que el tipo, en medio de un asalto de ira, le lanzaría thinner. Sucedió lo inevitable: las quemaduras le causaron la muerte. Quedé atónita. ¿Qué podía opinarle al respecto? ¿Por qué me estaba contando algo tan íntimo y doloroso? La respuesta a esta última pregunta vino segundos después. Un vecino curandero le recomendó relatar la historia a sus pasajeros con el propósito de exorcizar su dolor y hacer catarsis, pues de lo contrario estaría condenado a la desdicha eterna. Un poco extremo, pensé, pero para él ha sido sagrado y le ha funcionado. “Lo siento”, fue lo único que atiné decir, seguido de una conveniente charla sobre la vida. Como ésta, muchas historias indudablemente pueden ser un punto de partida para confrontar temas tan fundamentales como el autoconocimiento, las relaciones sociales y la educación en valores, por nombrar algunos. Debido a que propicia la reflexión en los terrenos más diversos, el hecho de narrar historias se convierte en una herramienta tan poderosa como alegórica. En ocasiones creemos haberlo visto todo, vivido todo y cuando descubrimos lo contrario, nos sorprendemos. A algunos les frustrará; a otros, como a mí, nos atrapa, nos hace felices, nos inquieta y nos motiva a descubrir, más que una experiencia de vida, una enseñanza para el devenir de nuestra propia existencia. Al final de cuentas, como lo explicó el filósofo español José Ortega y Gasset, con sobrada razón, la naturaleza del hombre está edificada por las circunstancias en las que está enmarcado; es decir, por su historia.***Paréntesis: dichosa y orgullosísima me sentí hace poco que caminé por los alrededores del río cerca al Obelisco. Felicitaciones a la Alcaldía, que con el apoyo de Planeación Municipal y la Fundación Zoológico de Cali como socia del programa ‘Cali un jardín’ en este sector de la ciudad, nos fortalece esas ganas de ver nuestro entorno reverdecido. Todo un regalo para los caleños a quienes invito a protegerlo.

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